Alejandro Sidonia

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Nariz (Miguel Librero)

Sediento siempre de novedades, y tan sobrado de imaginaciones extrañas y maliciosas, como falto de juicio y compostura. Con los nervios siempre tensos, el alma continuamente abierta; con el corazón docil hasta la minima emoción y la sensibilidad en carne viva a todas horas; vibrando con el menor choque, empujado y arrastrado por la menor brisa carnal, reacciono en el acto y de un modo explosivo frente a los seres y frente a los acontecimientos. Pero nada me explica: mis vicios y mis virtudes no bastan, la masa de mis veleidades, mis deseos, hasta de mis proyectos, sigue siendo tan nebulosa y huidiza como un fantasma.

Durante el día vagabundeo entorno a la ensenada de los cuentos o por los acantilados del verso, con un catalejo de latón bajo el brazo, y la velada suelo pasarla sentado en un rincón junto al fuego, bebiendo el ron más fuerte con un poco de agua. Siempre me pasa lo mismo: no tengo ideas claras, ni siquiera tengo ideas. Hay jirones, impulsos, bloques, y todo busca una forma, entonces entra en juego el ritmo y yo escribo dentro de este ritmo, escribo por él, movido por él y no por eso que llaman el pensamiento.

Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que escribe: tratando de narrar mi congoja cotidiana ¿iba a entretenerme en la tan hacedera tarea de describir revestimientos pasajeros y de puro viso? Importan poco para una biografía, para una verdadera biografía, para la tragedia o la comedia de un alma, la fisonomía, el vestuario, los gestos materiales, el ámbito material, en verdad tampoco importa mucho lo que suele llamarse el argumento de ella, sea bastante saber que voy ligero de equipaje y falto de dinero, casi desnudo, como los hijos de la calle y de la mar.

 

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