Foto blanco y negro. Retrato creativo del Ruso personaje de un poema de Dino Campana. Creative Commons autor desconocido
retrato (autor desconocido)

El Ruso de Dino Campana: el infierno de la enfermedad mental encarnado en poesía.

El Ruso, que presentamos en la bella traducción al castellano de Gabriele Burchielli, con texto original en italiano al fondo, es uno de los momentos más brillantes y a la vez inquietantes de «Canti Orfici», la obra cumbre del poeta Dino Campana.

Dino Campana conoció al Ruso en 1908, en el manicomio de Tournay, en Amberes. El poeta había llegado después de una larga estancia en el Este de Europa. No sabemos exactamente las razones por la cual los dos artistas fueron internados, pero algo en este poema nos confirma la fascinación y el “cariño” que Dino Campana tuvo que sentir para El Ruso.

El Ruso es una de las páginas más brillantes de “Canti Orfici”, no solo por grandeza literaria y perfección lírica, sino por la profunda humanidad. Aquí el poeta expresa con vehemencia el drama de la vida de aquellos seres humanos, inocentes pero condenados, reducida a un infierno por un mal del alma consciente, desde el cual luchan, sin esperanza, en búsqueda de la salvación. El estilo de «El Ruso» es el peculiar y único que caracterizan a Dino Campana. El lector se encuentra hundido en un mundo oscuro, trepidante, cálido, de atmósferas y paisajes recreados con sabiduría, que se clavan en la experiencia de lectura como un viaje a otro mundo. Pero, esta vez, Dino Campana es capaz de domar la voluptuosa exuberancia de su lenguaje: el desbordar onírico de su imaginación encuentra equilibrio, coherencia, fuerza, inusual claridad expresiva. Resulta un ritmo cerrado, un andar pictórico especialmente claro, que ahonda en el pecho del lector como el más cálido de los cuchillos.

Las palabras vibran, se vuelven sólidas, dolor encarnado en palabras: en la historia del Ruso quizás Dino Campana ve reflejada su propia historia y un mismo destino: la larga caída al infierno desde el cual nunca saldrán vivos.

El Ruso

De una poesía de la época (N. del T.: En francés sin traducción en el original)

Tombé dans l’enfer
Grouillant d’ëtres humains
O Russe tu m’apparus
Soudain, céléstial
Parmi de la clameur 5
Du grouillement brutal
d’une lâche humanité
Se pourrissante d’elle même.
Se vis ta barbe blonde
Fulgurante au coin
Ton âme je vis aussi
Par le gouffre ré jetée
Ton âme dans l’étreinte
L’étreinte désespérée
Des Chimères fulgurantes
Dans le miasme humain.
Voilà que tu ecc. ecc.

Caído en el infierno,
Revuelto de seres humanos,
¡Oh ruso, te me apareciste
De repente, celestial,
Entre el clamor
Del tumulto brutal
de una humanidad cobarde
Putrefacta por sí misma.
Vi tu barba rubia
Fulgurante en la esquina.
Tu alma también vi
Arrojada por el abismo,
Tu alma en el abrazo
El abrazo desesperado
De quimeras fulgurantes
En el miasma humano.
Ahí estás tú, etc., etc.

En una amplia habitación polvorienta, arremolinaban los desechos de la sociedad. Después de dos meses de prisión, ansioso por ver a otros seres humanos, era rechazado como por una ola hostil. Caminaban rápidamente como locos, cada uno absorto en lo que formaba el único sentido de su vida: su culpa. Unos monjes grises con rostros serenos, demasiado serenos, sentados: vigilaban. En un rincón, una cabeza espasmódica, una barba rojiza, un rostro demacrado, deformado, con los signos de una lucha terrible y vana. Era el ruso, violinista y pintor. Inclinado sobre el borde de la estufa, escribía febrilmente.

***

«Un hombre en una noche de diciembre, solo en su casa, siente el terror de su soledad. Piensa que afuera tal vez unos hombres mueren de frío: y sale para salvarlos. Por la mañana cuando regresa, solo, encuentra en su puerta a una mujer, muerta de frío. Y se mata». Estaba hablando: cuando, mientras me miraba con ojos asustados y vacíos, yo traté de encontrar en el fondo de sus ojos gris-opaco una mirada, una mirada parecía distinguirla, que los llenaba: no de terror: casi infantil, inconsciente, como de asombro.

***

El ruso estaba condenado. Después de diecinueve meses encerrado, hambriento, vigilado implacablemente, tenía que confesar, había confesado. ¡Y el tormento del fango! Con su alegre placidez los monjes, con su mueca muda los delincuentes le habían dicho cuando con una palabra, con un gesto, un llanto incontrolable en la noche había revelado poco a poco su secreto. Ahora lo veía taparse los oídos para no escuchar el rugido como de un torrente pedregoso por el constante arrastrar de pasos.

***

Eran los primeros días en que la primavera se despertaba en Flandes. Desde la celda a veces (la celda de los verdaderos locos en la que ahora me habían metido), más allá de los cristales gruesos, más allá de las rejas de hierro, miraba la cornisa perfilarse al atardecer. Un polvo de oro llenaba la pradera y luego lejos la línea muda de la ciudad rota por torres góticas. Y así, cada noche, acostándome en mi prisión, saludaba la primavera. Y una de esas noches supe: el ruso había sido matado. El polvo de oro que envolvía la ciudad pareció sublimarse de repente en un sacrificio sangriento. ¿Cuándo? Creí que los reflejos sanguinolentos del atardecer me traían su saludo. Cerré los párpados, me quedé largamente sin pensar: esa noche no pedí nada más. Vi que alrededor se había oscurecido. En la celda solo había el hedor y el sordo aliento de los locos dormidos detrás de sus quimeras. Con la cabeza hundida en la almohada, seguí en el aire a unas maripositas que jugueteaban alrededor de la lámpara eléctrica en la luz pálida y fría. Una dulzura aguda, una dulzura de martirio, de su martirio, se retorcía en mis nervios. Febril, encorvada junto a la estufa, la cabeza barbuda escribía. La pluma corría, crujía espasmódica. ¿Por qué había salido para salvar a otros hombres? Un retrato suyo de delincuente, un insensato, severo en sus elegantes trajes, la cabeza erguida con dignidad animal: otro, una sonrisa, la imagen de una sonrisa retratada de memoria, la cabeza de la joven del Este. Luego cabezas de campesinos rusos, cabezas barbudas todas, cabezas, cabezas, más cabezas. . .

. . . . . . . . . . . . . . . . .

La pluma corría crujía espasmódica: ¿por qué había salido para salvar a otros hombres? Encorvado, junto a la estufa, la cabeza barbuda, el ruso escribía, escribía, escribía. . . . . . .

Texto original en italiano

IL RUSSO
(Da una poesia dell’epoca)

Tombé dans l’enfer
Grouillant d’ëtres humains
O Russe tu m’apparus
Soudain, céléstial
Parmi de la clameur 5
Du grouillement brutal
d’une lâche humanité
Se pourrissante d’elle même.
Se vis ta barbe blonde
Fulgurante au coin 10
Ton âme je vis aussi
Par le gouffre ré jetée
Ton âme dans l’étreinte
L’étreinte désespérée
Des Chimères fulgurantes 15
Dans le miasme humain.
Voilà que tu ecc. ecc.


In un ampio stanzone pulverulento turbinavano i rifiuti della società. Io dopo due mesi di cella ansioso di rivedere degli esseri umani ero rigettato come da onde ostili. Camminavano velocemente come pazzi, ciascuno assorto in ció che formava l’unico senso della sua vita: la sua colpa. Dei frati grigi dal volto sereno, troppo sereno, assisi: vigilavano. In un angolo una testa spasmodica, una barba rossastra, un viso emaciato disfatto, coi segni di una lotta terribile e vana. Era il russo, violinista e pittore. Curvo sull’orlo della stufa scriveva febbrilmente.

***

«Un uomo in una notte di dicembre, solo nella sua casa, sente il terrore della sua solitudine. Pensa che fuori degli uomini forse muoiono di freddo: ed esce per salvarli. Al mattino quando ritorna, solo, trova sulla sua porta una donna, morta assiderata. E si uccide.» Parlava: quando, mentre mi fissava cogli occhi spaventati e vuoti, io cercando in fondo degli occhi grigioopachi uno sguardo, uno sguardo mi parve di distinguere, che li riempiva: non di terrore: quasi infantile, inconscio, come di meraviglia.

***

Il Russo era condannato. Da diciannove mesi rinchiuso, affamato, spiato implacabilmente, doveva confessare, aveva confessato. E il supplizio del fango! Colla loro placida gioia i frati, col loro ghigno muto i delinquenti gli avevano detto quando con una parola, con un gesto, con un pianto irrefrenabile nella notte aveva volta a volta scoperto un po’ del suo segreto! Ora io lo vedevo chiudersi gli orecchi per non udire il rombo come di torrente sassoso del continuo strisciare dei passi.

***

Erano i primi giorni che la primavera si svegliava in Fiandra. Dalla camerata a volte (la camerata dei veri pazzi dove ora mi avevano messo), oltre i vetri spessi, oltre le sbarre di ferro, io guardavo il cornicione profilarsi al tramonto. Un pulviscolo d’oro riempiva il prato, e poi lontana la linea muta della città rotta di torri gotiche. E così ogni sera coricandomi nella mia prigionia salutavo la primavera. E una di quelle sere seppi: il Russo era stato ucciso. Il pulviscolo d’oro che avvolgeva la città parve ad un tratto sublimarsi in un sacrifizio sanguigno. Quando? I riflessi sanguigni del tramonto credei mi portassero il suo saluto. Chiusi le palpebre, restai lungamente senza pensiero: quella sera non chiesi altro. Vidi che intorno si era fatto scuro. Nella camerata non c’era che il tanfo e il respiro sordo dei pazzi addormentati dietro le loro chimere. Col capo affondato sul guanciale seguivo in aria delle farfalline che scherzavano attorno alla lampada elettrica nella luce scialba e gelida. Una dolcezza acuta, una dolcezza di martirio, del suo martirio mi si torceva pei nervi. Febbrile, curva sull’orlo della stufa la testa barbuta scriveva. La penna scorreva strideva spasmodica. Perché era uscito per salvare altri uomini? Un suo ritratto di delinquente, un insensato, severo nei suoi abiti eleganti, la testa portata alta con dignità animale: un altro, un sorriso, l’immagine di un sorriso ritratta a memoria, la testa della fanciulla d’Este. Poi teste di contadini russi teste barbute tutte, teste, teste, ancora teste. . .
. . . . . . . . . . . . . . . . .
La penna scorreva strideva spasmodica: perchè era uscito per salvare altri uomini? Curvo, sull’orlo della stufa la testa barbuta, il russo scriveva, scriveva scriveva. . . . . .

Espacio Narrativo

pateando entre escombros, paredes levantadas a medias, escaleras que acaban en la nada, los suelos llenos de trozos de sueños, historias sin acabar, versos que buscan poemas, y personajes que piden a - Presentación -

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