Foto antigua de Alejandría, ciudad de nacimiento de Konstantino Kavafis, del 1870. Público Dominio
Alejandría en 1870 Público Dominio

Kavafis, Alejandría y el Faro, una selección de poemas…

Traemos esta vez desde el Oriente del Mar, poemas con sabor a viaje, o sea (redoble de tambores, tres notas de trompeta y un grito): una selección de Poemas de Konstantino Kavafis sobre Alejandría y el Faro, acompañada por unas palabrillas de introducción que quizás sobran. Tomadla como un homenaje al Faro de Alejandría, a pesar de que nunca el Faro aparece en el texto… Buena lectura.

Unas palabrillas de introducción sobre Kavafis, Alejandría y el Faro

Quienes amamos a los barcos, a los puertos, a la gente que toma la mar, a los que salen de viaje sin pensar nunca en volver; quienes imaginan largas caravanas, quienes de pronto miran el paisaje y solo quieren echarse a andar; soñamos con el Faro de Alejandría desde aquella noche, que todavía no quiere acabar, en que se endendió por primera vez. Hace 721 años que la tierra hundió el Faro bajo el agua del mar, solo que justo en el instante en que el Faro cesó de existir, su fama, desatada de la realidad, labró otro Faro, un Faro eterno, un Faro al que arriban los sueños de los viajeros. Ahora, Kavafis cantó de historia; del alma humana; de amor de espíritu y amor cuerpos; canto de la vida y del viaje, no faltó de cantar la ciudad querida, Alejandría y nunca nombró el Faro el Faro de Alejandría e sus poemas, y poco importa. Kavafis amó la mar y navegó en ella, con el cuerpo y también con el espíritu, rebuscando en las entrañas de su historia: queremos querer que la luz del Mediterráneo ocupó los sueños de algunas de sus noches, o él pensaba cada vez que arribaba al puerto de su ciudad querida.

Acabo este texto pensando en una coincidencia. En 1933, cuando Europa comenzó a temblar, muere Konstantino Kavafis en la ciudad que lo vio nacer, Alejandría de Egipto. Como con el Faro, su leyenda iba a crecer póstuma. Porque es después de su caída que el Faro salió la realidad y entro en sueño, y ahí, en la ribera de nuestra imaginación sigue iluminando una noche sin tiempo.

Poemas de Konstantino Kavafis sobre Alejandría, y el Faro…

Hemos recolectado estos poemas que Konstantino Kavafis escribió sobre su ciudad querida, como un sentido homenaje al Faro de Alejandría, a la luz del Mediterráneo . Los textos se han extraído de un libro publicado por Hiperión en 1976, las bellas traducciones de Kavafis al castellano son de José María Álvarez. Subiremos los poemas poco a poco.

REGRESO DE GRECIA

(Julio de 1914)

Estamos a punto de llegar, Hermiffus.
Seguramente pasado mañana, así lo dijo el capitán.
Ya estamos navegando por nuestro mar;
aguas de Chipre, de Siria, de Egipto,
amadas aguas de nuestros países.
¿Por qué callas? Ya sé. Tu corazón
gozaba también cuando
de Grecia nos alejábamos. ¿De qué sirve engañarse?
No sería digno de un griego.

Aceptemos la verdad:
somos griegos ¿pero qué somos, además?
Hay en nosotros memorias y emociones asiáticas,
memorias y emociones que a veces confunden al Helenismo.

No nos conviene a los filósofos, oh Hermiffus,
comportarnos como alguno de esos reyezuelos nuestros
(recuerda cómo nos reíamos de ellos
cuando aparecían por nuestras academias)
que a pesar de su llamativo ropaje helénico
o (¡qué palabra!) macedónico,
de vez en cuando no podían ocultar
algún rasgo de Arabia, o de Media, algún matiz,
y con qué cómicos artificios pretendían
disimular esos orígenes.

Ah, no será tal nuestro comportamiento.
Esa mediocridad nunca fuera griega.
No nos avergoncemos de llevar sangre egipcia o siria
corriendo por nuestras venas.
Respetémosla e incluso hagamos alarde de ella.

(n.d.L.) Es sabio medir las palabras de una persona sobre sí misma; no siempre el retrato que tenemos de nosotros corresponde a la realidad. Somos protagonistas de nuestras propias ilusiones, de nuestras esperanzas, con sus victorias y sus fracasos. También el marco cultural en que nuestra mente se mueve juega su papel. Kavafis nació en una tierra que era Egipto, el mundo Árabe labró su ser niño y su conciencia; estaba ahí, su cuerpo y sus sentidos recibían y llevaban al espíritu sus dones y sus condenas. Quien mira toda esa infancia,  todas esas vivencias, es la conciencia lógica, la educación, el estudio, y el ejercer del intelecto sobre asuntos muy abstractos y a la vez muy carnales. Cuanto de griego, cuanto de árabe y cuanto de todos los adjetivos pudo tener Kavafis, quizás ni el mismo, sabría decirlo con certidumbre, como tampoco yo, hoy, puedo decir quién era, o decirte a ti quién soy yo y quien eres tú.

EN ALEJANDRIA EL 31 A. C. (1924)

A los suburbios, desde su aldea, llega,
cubierto de polvo del viaje,

el vendedor ambulante <¡Incienso!» y «¡Goma!
¡El mejor aceite!» «¡Perfumes para el cabello!.»

grita a lo largo de las calles. Pero entre la ruidosa turba
y las músicas, y los cortejos, quién puede ser oído.

Todo aquel movimiento alrededor suyo, lo aturde.
¿Qué es toda esa locura?, se pregunta; cuando alguien

repite la gran noticia que corre
por palacio – Antonio ha vencido en Grecia.

REFUGIADOS

(Octubre de 1914)

¿Cómo olvidar Alejandría? Caminando
a lo largo de la gran avenida que termina en el Hipódromo,
hay palacios y monumentos que te asombrarán.
A pesar de haber sufrido tantos daños en las guerras
permanece siempre como una maravillosa ciudad.
Además puedes verlo en los libros,
en los estudios sobre su esplendoroso pasado.
Esta tarde nos acercaremos a la costa,
nosotros cinco (todos con nombres falsos,
por supuesto) y hablaremos con algunos otros griegos
de los que se quedaron en la ciudad.
Recordaremos nuestras viejas costumbres (aquí la gente
se asemeja mucho a los latinos), y hablaremos de literatura.
Anteayer leímos versos de Nonnos.
Qué imágenes, qué ritmo, qué idioma, qué armonía.
Cómo nos entusiasmó aquel hombre de Panopolis.
Así pasan los días, y, además, nuestra estancia aquí
no es demasiado mala, va pasando,
y sobre todo sabemos que un día terminará.
Hemos recibido buenas noticias, y si algo
sucede ahora en Esmirna, o si nuestros amigos
vienen de Epiro en Abril, nuestros planes
irán cumpliéndose, destronaremos con facilidad a Basilio,
y entonces por fin podremos regresar.

ALEJANDRO JANNEO Y ALEJANDRÍA

(1929)

Felices y plenamente satisfechos
el rey Alejandro Janneo
y su consorte la reina Alejandra
entran, con música que los honra,
y con toda clase de lujos y resplandor,
a lo largo de las calles de Jerusalén.
Ha triunfado brillantemente la empresa
que comenzaran el gran Judas Macabeo
y sus cuatro ilustres hermanos;
la que después fuera continuada incansablemente en medio
de tantos peligros y dificultades.
Ahora nada que desmerezca permanece.
Acabada está toda sujecióna los arrogantes
monarcas de Antioquía. Contemplad
al rey Alejandro Janneo y a su consorte la reina Alejandra,
en todo iguales a los Seleúcidas.
Buenos judíos, puros, llenos de fe judía, sobre todo.
Mas sin dejar de saber, cuando las circunstancias lo requieren,
usar con perfección la lengua griega;
y con los griegos y con los reyes griegos
relacionarse como iguales a ellos, no lo dudéis.
En verdad que ha triunfado brillantemente,
que indudablemente ha triunfado
la empresa que comenzaron el gran Judas Macabeo
y sus cuatro ilustres hermanos.

(Alejandro Janneo reinó como rey de los judíos en Jerusalén desde 103 al 76 a. C. De la Casa de los Macabeos)

MIRIS, DE ALEJANDRÍA

340 d. C. (1929)

Al saber la desgracia de la muerte de Miris,
fui a su casa, aunque detesto
visitar las casas de cristianos,
sobre todo en duelo o fiesta.

Me quedé en el pasillo. Era inútil
aventurarse más, pues los parientes
al saber mis relaciones con el muerto
dieron muestras de perplejidad y de disgusto.

Le habían colocado en una gran estancia
que desde mi rincón veía
en parte; con tapices riquísimos
y objetos de oro y plata.

Permanecí llorando de pie en mi rincón al final del pasillo.
Y pensé que nuestras reuniones y salidas
no serían lo mismo sin Miris;
que no lo vería ya más en nuestras
desordenadas y magníficas noches
alegrarse, y reír, y recitar
con el perfecto ritmo de su griego;
y pensé que para siempre había perdido
su belleza, que nunca más tendría
lo que yo amaba tan apasionadamente.

A mi lado unas viejas, en voz baja, hablaban
de sus últimos instantes –
él repitiera constantemente la palabra Cristo,
sosteniendo en sus manos una cruz -.
Después entraron en la habitación
cuatro sacerdotes cristianos, que dijeron fervorosas
plegarias a Jesús,
o a María (escasamente conozco sus creencias).

Nosotros, por supuesto, sabíamos que Miris era cristiano.
Desde el primer momento, desde
los años ya perdidos en que vino con nosotros.
Pero él vivía como uno de los nuestros.
Entregado al placer como ninguno;
pródigo de su hacienda en diversiones.
De la opinión del mundo descuidado,
gustaba de arrojarse en peleas nocturnas
si por casualidad hallábamos
otros grupos rivales.
Jamás hablaba de su religión.
Pero en una ocasión cuando
le dijimos que nos acompañara al templo de Serapis,
pareció disgustarle
esa broma: así lo recuerdo.
Y también algo que sucedió otra noche.
Cuando alzamos nuestras copas brindando por Poseidón,
él se apartó, volviendo el rostro.
Y cuando entusiasmado uno
gritó que lo encomendásemos
al favor y la protección del grande,
el hermoso Apolo – en un susurro dijo Miris
(por los demás no escuchado) «mas no a mí».

Los sacerdotes cristianos en alta voz
oraban por el espíritu del joven.
Vì con cuánto cuidado,
con qué delicada atención
a las menores formalidades de su religión disponían
todo el funeral cristiano.
Y de pronto un oscuro sentimiento se apoderó
de mí. De forma indefinida estaba perdiendo a Miris;
volvía a los suyos, como cristiano
al fin, y tan sólo yo era extraño
allí; pensé entonces
si la pasión acaso no me habría engañado: si quizás no había
sido siempre extraño a él.
– Corrí alejándome de aquella horrible casa,
antes de que pudiera arrancarme, deformar
su cristianismo mi memoria de Miris.

MERCADO EN ALEJANDRÍA

(Abril de 1893)

Vendió cebada picada y a alto precio.
Roma es el reino de los beneficios rápidos.
Yo llegué en Abril y en Abril mismo puedo ya irme. No he perdido el tiempo.

No me agrada la alta mar;
ni las grandes nubes que están cubriendo el cielo.
¿Pero qué importa eso? Para mí cada roca es una isla; y la alta mar tan firme como una llanura.

No temo los vendavales.
Me río de las tempestades y de los naufragios.
Alejandría con sus anchas calles

me espera, y pronto estaré allí. ¡Oh amigos, preparáos!

¡Apartáos de la cuba del vino! ¡Qué audaz se nos revela!
Tras el viaje su espíritu vuela hacia el vino de Samos.

Despedida

Anda lector, ¡salta al agua y coge un barco! Ahí, por alguna esquina, de repente verá, la silueta hermosa del Faro de Alejandría, maravilla del mundo antiguo, luz del Mediterráneo, sueño quienes miran al paisaje y solo quieren andar.

Espacio Narrativo

pateando entre escombros, paredes levantadas a medias, escaleras que acaban en la nada, los suelos llenos de trozos de sueños, historias sin acabar, versos que buscan poemas, y personajes que piden a - Presentación -

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