El protagonista de la foto es un lector en el medio de una habitación llenas de libros y medio en ruinas
el lector (Donald)

¿Qué es un Lector de libros? Las 6 leyes de la escritura

El lector es el principio, el fin, la razón y el porqué de la escritura: primera ley de la escritura. Antes de la lectura toda palabra escrita queda ni siquiera muerta, si no no nacida, flotando en el limbo de lo que podría ser y no es todavía. A ser franco lo que el escritor moldea con sudor y pena, a golpes de noches de insomnio, crisis de nervios, lágrimas y cafeína, no es nada más que vil barro, materia inerte sin vida ni sentido, un poco como una gran sala de espera de una estación cuando el último tren ha partido ya. Pero, por gracia del destino, de una editorial y una librería llegas tú lector, como un gran dios de los tiempos antiguos, abres el libro y sopla vida sobre las palabras. Entonces, de golpe, como una tormenta, a medida que tus ojos hermosos despiertan la escritura, se animan seres y ciudades, muchedumbres de personajes hablan ríen se sientan comen se matan o se suicidan; las selvas crecen y se pueblan de pájaros sonoros y rápidos depredadores. En fin y por fin, lo que era idea, posibilidad, caótico nada, se torna realidad, hecho consumido, arte. Lo sé bien yo, que soy invento y creación de un escritor, que me dio, como en un juego de reflejos, el papel de un escritor en una novela un tanto aburrida. Sí, lo sé, yo he conocido este limbo, este mundo suspenso y sin sustancia donde sólo existía el caos, mole informe donde se mezclaban los elementos. No había sol ni luna ni aire ni tierra ni mar; sin esencia durable, todo estorbaba a todo, y luchaban mezclados lo frío y lo caliente, lo mojado y lo seco, lo grave y lo leve, hasta que tú llegaste, dirimiste esa lucha y todo llegó a ser con plenitud. El lector es la razón, el principio, el fin y el porqué de la escritura, el gran señor, el dueño del mundo literario.

El lector es el gran protagonista: segunda ley de la escritura. Por ti Lector los personajes nacemos y morimos, es por ti que las estanterías de bibliotecas, monasterios y librerías se llenan de papeles, es por ti, por ti solo, que el escritor pasa innumerables noche en blanco intentando sacarte a toda costa una sonrisa, una lágrima o un patético ¡bravo!

El escritor es un canalla: tercera ley de la escritura. En el fondo todos los escritores te odian lector, porque sin ti no podrían existir, porque sin ti no tendrían las fotos de sus bellas caras en las portadas de los libros. Querido lector, los escritores dependen de ti, tú eres su sustento y su razón de ser, por esto se han vuelto canallas, y utilizan hasta el extremo los secretos de la escritura para tejer una telaraña de palabras y atraparte en su mundo: escritores y personajes moriremos todos cuando el último lector habrá cerrado el libro. Te necesitamos lector, lloramos, gritamos, combatimos, vendemos alma y culo a una editorial para limosnearte un poco de atención, una miga de tu tiempo, unas horas que para ti son nada y que para nosotros, personajes y escritores, los son todo.

Escribir es fácil, lo difícil es ser lector: cuarta ley de la escritura. ¡Ah! Es fácil soltar lengua o bolígrafo y decir lo que a uno le sale, ¿quién le pone límite a un escritor? Sueltan lo que quieren cuando quieren y a nadie tienen que darle explicación. Mucho más difícil es ser paciente, comprensivo, saber adaptarse al ritmo de otro, a las palabras de otro, a la voluntad de otro. El lector en fin es el maduro que soporta paciente las llamadas de atención de un niño egocéntrico que ennoblece su estado quitando el polvo de un premio literario.

El Lector es un ser camaleónico e inescrutable: quinta ley de la escritura. He visto lectores tomar las formas más dispares, como un cortejo de nubes en un cielo de verano, a veces parecen un delfín, a veces monstruos, otras veces pues, absolutamente nada. Te vi arrugado como un gran roble, las espaldas dobladas por los años, fruncir el ceño intentando discernir las palabras de un periódico, y luego, tan tierno como una mantequilla y los ojos grandes como farolas, pronunciar en voz alta letra tras letra hasta completar una palabra, reíste de gusto luego, poco importaba el sentido de aquella palabra, lo importante, como con todas las verdades, es el hecho, es el ademán. Hubo una espléndida adolescencia, brillante como el verano, en que escondía libros dentro de libros para soportar las largas horas del bachiller. Te recuerdo con 20 años inflamándote por aquel filósofo que parecía haberlo entendido todo, o encendido de pasión, durante una noche loca, todavía mojado de sudor, leer versos en voz alta a una amante perfecta encontrada por casualidad. Llegaste hasta a cansarte, obligado a pesar de los ojos ya quemados, a terminar la lectura de aquel informe, o esforzándote para concentrarte a pesar del cansancio para ayudar aquel niño con sus tareas. No me sorprendió nada lector, que elegiste quemar libros anchos como la mar y que admiraste las palabrillas torpes de un cartel publicitario: todo puede el señor de la lectura y tus designios son inescrutables a los personajes y al escritor.

El espacio narrativo del lector son todos los espacios, pasados presentes y futuros, reales imaginarios o por inventar: sexta ley de la narrativa. Te he visto, lector, poblar lugares oscuros, sótanos donde no entra luz, o aquellos cuartos, con el aire un poco pesado y las persianas bien cerradas, de donde solo salen sonidos sútiles, casi sofocados, que nada dicen de lo que ahí pasa. Te he visto, lector, como una ninfa hermosa en la ribera de un río, sentado debajo de un sauce o tumbado en una pradera, con una florecilla de Diente de León en la boca, sujetando con una mano un libro, con la otra tu propio mentón, y los ojos perdidos en quizás qué pensamiento. También te gustan las salas bien iluminadas de las bibliotecas, donde puedes sentarte a gusto rodeado por tus propios símiles y tus queridos libros. Amas los trenes, los autobuses, el tramvía, las salas de espera, ahí con la nariz bien metida entre las páginas llegas a un nivel de concentración absoluta digno de un monje; en general amas todo cuanto convierte el tiempo en una ocasión de lectura. Te gustan también los puentes, los parques y las terrazas de los bares en primavera, cuando el sol no muerde y las páginas se llenan de una luz viva, casi líquida, hermosa; lees y el charloteo de la gente y los gritillos de los niños son una música de fondo de la historia que estás leyendo. Pero a veces eliges tu cuarto, donde quedar a solas con un libro que se convierte en tu amigo. Hay días en que buscas las selvas oscuras, los ríos llenos de cocodrilos, los tesoros escondidos, las islas y los veleros, trepas montañas o murallas de castillos, cabalgas estrellas en la noche sin medida del espacio; atraviesas espejos, tiempos y fronteras; llegas al fin, lo supera, vuelve al comienzo, salta un par de páginas, apaga la luz y entra en el mundo de los sueños.

Lector, amigo, sé que el tiempo siempre te seduce, que sea el pasado mítico de las antiguas edades o los futuros que quizás nunca llegarán. Amas a la noche, a la luna, los techos llenos de gatos y a los jóvenes asomados pensativos a una ventana. Amas las palabras inteligentes, los encuentros de sonidos, las historias que dicen algo aunque parecen esconderlo todo; en el otro piensas, más que en ti mismo; a veces ríes, a veces lloras, bebes vino o agua fresca y un día como tantos, como todos, descansarás conmigo bajo tierra.

En este caso el lector es una escultura. La foto retrata la obra de un artista con título "eráse una vez"
érase una vez (Joachim Aspenlaub Blattboldt)

Espacio Narrativo

pateando entre escombros, paredes levantadas a medias, escaleras que acaban en la nada, los suelos llenos de trozos de sueños, historias sin acabar, versos que buscan poemas, y personajes que piden a - Presentación -

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