Una madre con un recién nacido en los brazos mira fijamente en la camara mientras el bebé parece absorto a los sonidos que lo rodean en un esfuerzo de aprender el lenguaje y el código de los sentidos
Noah, por Hugo Gomes

Implicaciones éticas y sociales de la Inteligencia Artificial

Dedico este breve escrito sobre las implicaciones éticas y sociales de la Inteligencia Artificial a quienes aman la vida, en el sentido más puro de la palabra, en lo que se refiere a la biología, al nacer, al respirar, al morir.

De las implicaciones éticas y sociales de la Inteligencia artificial, comienzo con lo más evidente, lo que en absoluto percibo como más grave. El aislamiento mental y emocional del entorno y de las otras personas, hundido en un mundo puramente mental donde las posibilidades son las mecánicamente establecidas por un programa informático. La reducción de las capacidades del usuario de actuar independientemente de la tecnología utilizada en una tarea que, antes de la aparición de dicha tecnología, sabía realizar perfectamente, o sea: dependencia tecnológica y reducción de las habilidades mentales. Un general impacto negativo en la realidad por exceso de eficiencia, la bomba atómica es un exceso de eficiencia.

La historia humana tiene sabor amargo. Hace ya tiempo que muchos de los llamados avances han sido simples mejoras en la eficiencia de los sistemas de producción. La bomba atómica lleva a su máxima eficiencia la productividad de la antigüísima porra, es su consecuencia conceptual más lógica. En este caso la eficiencia es la cantidad de daño proporcionado al enemigo. Me pregunto quienes obtuvieron las ventajas de este tamaño avance en el arte de la guerra, porque de arte se trata: la guerra es un proceso de creación, todas las naciones que conocemos hoy se han creado a través de la matanza. Este breve escrito trata de las implicaciones éticas y sociales de la inteligencia artificial: esta introducción entra perfectamente dentro del tema.

En el siglo XIX un brillante hombre norte americano, hijo de un herrero, Randsom Eli Old, inventó la producción en cadena. Randsom puso “simplemente” en práctica las ideas de otro brillante norte americano, un ingeniero hijo de un abogado, Frederick Winslow Taylor. Digo brillantes porque sus almas relucen de aquella bajeza típica de muchos de los héroes mitificados por los libros del bachiller y las plazas de medio mundo: artífices de tragedias que la razón de estado convierte en altas creaciones del ingenio humano.

Ahora bien: el siglo XIX fue el infeliz e interesante siglo donde por vez primera el ser humano se ató irremediablemente a la máquina. Me duele decir que los que hablaron de los riesgos de la industrialización no fueron escuchados: las ventajas económicas eran demasiado apetecibles para que fuésemos razonables. Todo fue posible por la complicidad de un engaño hábilmente construido por filosofía, ciencia y retórica, mientras que los dioses de todas las religiones curiosamente miraban al otro lado: este hecho tan novedoso era el progreso, e iba a ser en pos del bienestar de todos. Le había pasado mucho antes a la vaca con el arado, por mala suerte el animal nunca aprendió el secreto del alfabeto y no tenemos su opinión en los libros de historia. En cuanto a los esclavos humanos, como siempre, no cuentan nada: nunca se les convenció de que fuese por su bien.

Por estas dos grandes involuciones históricas, producción en cadena y “revolución” industrial, el ser humano no solo se vio de pronto atado a los ritmos y que hacer de la máquina, adquirió un valor totalmente nuevo: quien produce es la herramienta, el individuo vale solo en cuanto sabe utilizar la máquina y le permite ejecutar su tarea. Es algo muy diferente de golpear un clavo con un martillo. El camino estaba indicado.

La relación entre humano y herramienta fue cada vez más íntima. Al comienzo el objeto fueron las capacidades del cuerpo, luego se llegó a la memoria, a la vida social, y a uno de los actos más básicos del ser: la comunicación con nuestros símiles. En este sentido, la inteligencia artificial es la consecuencia lógica de este proceso: esta vez el objetivo es el pensamiento.

También el debate sobre las implicaciones éticas y sociales de la Inteligencia Artificial es solo otro capítulo de un enfrentamiento de ideas que nació en aquellos años, y por la misma razón: la libertad de ser. Hablo de una libertad sencilla, más cerca de la biología que de la ética, una libertad que tiene raíces no tanto en el alma, cuanto en el ADN.

Miramos a nuestro mundo, a este presente hijo de aquella historia, miramos a como hemos acabado. Somos dependientes de una tecnología creada con el único objetivo de generar una economía cada vez más destructiva, cada vez más absoluta: todo se hace y existe en función de ella. Esta dependencia ha llegado a niveles patéticos: somos la única especie donde macho y hembra ni se dan cuenta de los periodos de fertilidad: hemos perdido hasta la noción básica del proceso que perpetúa nuestra especie.

La tecnología además ha potenciado tanto lo que eran las capacidades del cuerpo, que este es cada vez menos importante, menos útil. Aviones, trenes y coches en lugar de piernas; bombas, láser, grúas en lugar de manos; microscopio, radar, sonar, en lugar de ojos y orejas; móviles y redes sociales en lugar de tu cálida presencia. Somos nada en relación con la potencia de nuestros medios. Nuestra vida sigue ritmos y velocidades impuestas por la tecnología, ritmos, velocidades y distancias que no son humanas, que se desarrollan dentro de un tiempo demasiado exacto, marcado hasta el segundo por un reloj despiadado que no admite ni el cansancio ni la tristeza.

Estamos atados a sillas, escritorios, fábricas, bancos de escuelas, dentro de este tiempo alienante, solo nos es concedida una pequeña jaula de tiempo libre: tiempo encerrado entre dos obligaciones dentro del cual estoy libre de desahogarme como puedo. Para ser parte de todo esto, para aguantar, habrá que perder humanidad.

La razón por la cual hemos creado este sistema es la misma de siempre: aumentar producción y ganancia a cualquier costo, siempre y por supuesto en nombre del progreso. Quizás somos materialistas desde la prehistoria, solo que no nos hemos dado cuenta. Sea lo que fuese, de momento lo único que hemos ganado como sociedad es un poco de confort y el abuso de ibuprofeno. Pero, a pesar de la infelicidad, todavía seguimos el mismo camino empezado en aquel interesante siglo XIX, quizás antes. ¡Alegrémonos entonces! Hoy damos otro paso adelante en el glorioso camino del progreso: después del cuerpo, después de la vida social, la inteligencia artificial permitirá atar la mente y la inteligencia humana a un algoritmo. Estamos cada vez más cerca del ser humano máquina, pero quizás es algo bueno: el gran problema de la felicidad llegará a ser obsoleto e irrelevante. Es un escenario un poco pesimista, no es mi culpa: la vida me puso en el alma demasiada conciencia histórica y un gran amor al vino.

Los menos jóvenes recordamos todos la llegada de internet. Fue una avalancha: en ningún momento la sociedad se paró para evaluar realmente cómo y en qué caso utilizarlo, se aceptó pasivamente sin verdadera crítica o reservas que nos hubiesen protegido de los excesos que estamos viviendo. Parar, pensar, elegir conscientemente a través de una mirada ancha y profunda: es lo que hace una sociedad madura, fuerte, consciente de sí misma, es todo lo que no hicimos por ser inmaduros, débiles, sin conciencia.

Nuestra sociedad no está preparada para la inteligencia artificial. No fuimos capaces ni siquiera de manejar de forma decente algo tan irrelevante como la cámara de un móvil. No podemos todavía confiar en nosotros: deberíamos esperar. Pero hay prisa de contar los billetes, entonces venden la inteligencia artificial como el avance más grande, el tren al cual tienes que subirte. El supuesto gran debate sobre las implicaciones éticas y sociales de la inteligencia artificial en realidad no está siendo. Nunca se plantea si aceptarla, rechazarla, como utilizarla, quienes deberían que desarrollarla o controlarla. Se da por asumido que la Inteligencia Artificial estará y que esto implica un nuevo desafío: la decisión está tomada. Buena parte de lo que se define debate, solo desvía la atención de las reales implicaciones éticas y sociales de la Inteligencia Artificial: es una forma de comercializar un producto nuevo.

Si la inteligencia artificial inundará, como lo hizo internet, todos los campos de la actividad humana, no solo estarás encerrado físicamente en el espacio limitado de una fábrica, metro u oficina, donde es imposible cualquier verdadero movimiento, sino que también tu mente estará encerrada, obligada a moverse dentro de las pautas que el programa informático establecerá para ti. La consecuencia será una nueva forma de dependencia, la última que faltaba: encerrar la mente, la imaginación, el deseo mismo de libertad.

Somos los después de dos guerras mundiales, los del cáncer, de las refinerías, de la vacuna. Somos los después de un mar de ciencia, con las cuales hemos medido a nosotros y al universo, felices como niños de haber descubierto la distancia entre Sol y Tierra y que el ADN elige el color del pelo púbico, pero incapaces de ser felices. Quizás llegaremos, por fin, después de todo esto, a aquella pregunta que todavía espera, detrás de tanta, demasiada historia: ¿qué quiere ser el ser humano?

Tocan a la puerta, un amigo ha venido a tomar un café. Son la 19:00 y algo de la tarde de un día de agosto, todavía hace demasiada calor en Sevilla. Por favor, no escuches nuestras quejas: la calor es el precio que pagamos con alegría para hundirnos en este mar de luz que nunca acaba, y perder nuestra propia conciencia en su brillo. Estas largas tardes del gran verano andaluz devuelven todo a su natural sencillez: solo podemos ser vivos.

un mono abrazando a su simil: las implicaciones éticas y sociales de la Inteligencia artificial son la perdida de humanidad y la esclavitud técnologica
Embrace (Darren Puttock)

Gabi

Mis pensamientos son como humo, se van al mínimo movimiento de aire. Voluble, como la mar cambio de rumbo cada seis horas, mis sentimientos se manifiestan de pronto y sin engaño. Vivo perdidamente... - Autobiografía -

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