Como cada mente traviesa, y tienes que serlo si estás por aquí, te lo habrás preguntado una y otra vez: ¿Qué es un escritor? Después de haber indagado con la poca vergüenza de siempre las tripas del lector, los holgazanes de Espacio Narrativo nos hundimos en la carne un poco rancia de los escritores. Como siempre, a pesar de que nada nos importa de tu opinión, te deseamos una buena lectura, nosotros vamos a por otro trago.
- Una definición para vallar el campo de investigación
- El hábitat
- Morfología del escritor
- ¿Qué piensan y sienten los escritores?
Una definición para vallar el campo de investigación
Según la RAE, avalada por el sentido común, un escritor es un mamífero, o más bien una persona que escribe, o sea, un individuo que traza combinaciones de signos que, en virtud de un acuerdo totalmente arbitrario, tienen o deberían tener cierto sentido. Esta definición permite incluir entre los escritores a una juez que firma un desahucio, un padre que deja una nota en la mesa, un niño de 7 años que cumple con sus tristes deberes, un suicida que redacta su última carta y yo preparando este breve texto.
Los escritores somos muchos, al día de hoy en el mundo se contabilizan 6378 millones de escritores, o sea la población mundial (7940 millones) menos los analfabetos (781 millones). Dentro de esta humanidad gritona, coloreada y bastante canalla, se puede aislar un grupo más reducido de individuos de raza y alfabeto muy variado, una subespecie que, por razones que todavía nadie ha indagado del todo, ha desarrollado una poderosa manía obsesivo-compulsiva para la escritura, acabando por gastar lo mejor de su tiempo y de su energía en las teclas de un ordenador, o manchando con un bolígrafo una inocente hoja de papel. Son estos los escritores que protagonizarán nuestro discurso, esta extraña raza que escribe libros, redacta periódicos, monta guiones y pollones para el cine o la televisión, se envuelve de orgullo solitario y desprecio por el vulgo, juega con ser personajes públicos y que siempre y solo limosnea tu atención, lector.

El hábitat
El hábitat originario de los escritores, la tierra madre que amamantó esta poderosa raza de colonizadores, es aquel mismo oriente próximo protagonista de tantas y tamañas revoluciones culturales y tecnológicas, consideradas por muchos como pilares de la evolución y pasos imprescindible para forjar el mundo humano. Hablo de la condena a trabajar el campo con sudor que conllevó la agricultura; sociedades de jerarquía tan bien estructuradas como para contemplar un faraón que es dios y jefe de estado a la vez; sistemas de escritura medianamente crueles, pensados para tener memoria de transacciones, posesiones y más tarde leyes, con el fin de gestionar masas de indefensos analfabetos. Varios científicos postulan que este gran sudar del escritor por una actividad que tan poco esfuerzo físico e intelectual conlleva, es la memoria biológica de aquellos tórridos parajes, y memoria moral del enorme esfuerzo que puso el ser humano en joder a sus propios símiles.
Desde su cuna oriental, los escritores han salido a conquistar el mundo, adaptándose a los entornos más variados, revelándose una raza fuerte y obstinada, que resiste el frío extremo, calor, sequía, inundaciones y veneno. No queda latitud sin que haya alguno, concuerdan los biólogos en considerar a los escritores una especie invasora, difícil de erradicar. Son pocos los lugares libres de escritores, pocas esquinas alejadas del gran tránsito del mundo donde el alfabeto no ha llegado. Quienes los han visitado tienen un recuerdo vago, como el eco de una hermosa melodía perdiéndose por los recodos de la memoria; hablan de lugares parecidos al Edén, donde los humanos hablan un lenguaje sencillo, armónico, casi mágico, y saben entenderse con los animales.
Hoy día los escritores pueblan lugares solitarios, casas en ruina y sótanos polvorientos; fijan su demora en las orillas nocturnas de los estanques, en viejas bibliotecas, bancos de parques y barras de bares. Aman las habitaciones de hotel, la estación del tren, el sofá y el mercado; compran, alquilan o sueñan, pisos de lujo en el centro de una gran capital, residencias de campo o pequeñas casas a orillas del mar. Pero, debido a su fisiología tan particular y a tan peculiar metabolismo, el escritor no solo prefiere, sino que necesita superficies planas, como mesas y escritorios, raramente prescinde de una silla o un taburete. Algunos ejemplares más atrevidos han desarrollado la habilidad de grabarse y han conseguido abandonar estos antiguos vínculos. Han aparecido hace poco, pero son cada vez más numerosos, los escritores de ordenador, que han migrado desde la mesa a sus propias piernas, donde apoyan su máquina querida. Algunos antropólogos han visto en este extraño y novedoso comportamiento, una marcada componente de carácter sexual, por favorecer esta postura el goce del calorcito que la máquina desprende más el contacto y roce de la herramienta con la piel.

Morfología del escritor
En cuanto a morfología, al revés que todas las otras razas humanas o animales, los escritores no comparten características físicas definidas. Hay la más asombrosa variedad de color, corte de ojos, tamaño, pelo, edad, capacidad o incapacidad reproductiva, medio de locomoción favorito, alimentación. La única característica física que tienen en común son estas manos habilidosas, capaces de entrelazar una densa y astuta red de pequeños trazos capaz de atrapar para siempre al lector incauto.

¿Qué piensan y sienten los escritores?
Pero los escritores, símiles en esto a los otros humanos, no se reducen a mera actividad del cuerpo, tienen espíritu, carácter y cultura. No te escondo, lector, que después de tantos y tantos años de intenso estudio, lo que más me sorprende de esta raza es que a tanta variedad somática corresponda tanta planicie de espíritu y cultura. Claro, siempre habrá algún ejemplar que se escapa de las reglas, pero, en los asuntos del alma, los escritores cierran filas y se revelan pueblo solidísimo, cuyos miembros son uno más igual que el otro.

Los escritores son muchos menos interesantes de lo que piensan ellos de sí mismos: la mayoría de lo que escriben no merece el gasto de tiempo que conlleva escribirlo y aún menos leerlo. Padecen de una constante carencia afectiva, o falta de desarrollo emocional, y van constantemente buscando la atención del lector y un “bravo”, como los niños con sus padres. Nunca dejan al pensamiento revolotear alegre y feliz como una golondrina en primavera, porque daría pie a palabras claras y sencillas; prefieren agarrarlo, retorcerlo y liarlo, para sacar de este nudo una frase astuta o compleja bastante para aparentar inteligencia. Desprecian al tiempo y escriben obras monumentales, sucesiones infinitas de hojas sin reparar las horas de vida que el lector incauto perderá leyendo, como si lo que el escritor ofrece fuese más bello, hondo e importante que el sol o de un pecho que respira. Parece que esta actitud tiene una componente fisiológica, un fallo en los sentidos que no le permite al escritor percibir con la fuerza necesaria lo bello de la realidad y de los cuerpos, hasta el punto qué, el 97% de los entrevistados confirma poseer escasas habilidades en todo lo que atiene a los placeres de la carne.
Ningún escritor tiene el sentido de la medida, todos sufren de manía de omnipotencia: piensan que merece leer unos versos sobre el mar en lugar de salir corriendo a buscarlo, que tanto hablar de amor sea más bonito que vivirlo o perderlo, o que un diálogo brillante valga más que tu presencia en carne y huesos. Recientemente, algunos investigadores, han teorizado que esta manía de omnipotencia, especialmente fuerte en los poetas, sea el reflejo de un complejo de inferioridad: por no saber vivir acaban por escribir, siendo más fácil coger un bolígrafo y decir “en la cumbre de la montaña” que coger un palo y echarse a andar.
Todos los escritores, sin excepción ninguna, son canallas y tienen naturaleza traicionera; son dos características que les han permitido perfeccionar hasta niveles diabólicos el arte del engaño y del disfraz. Velan, en las honduras de noches desoladas, entregando el alma a los pensamientos más oscuros, urdiendo, como arañas famélicas, una densa tela de palabras para atrapar lectores y chuparle el alma del cuerpo todavía vivo. Porque de esto se nutren los escritores, del alma de los demás, de sus emociones, de sus pensamientos, de sus dolores y miedos, de sus inquietudes, de sus alegrías. Una novela, un poema, una carta, sin ojos que las lean, no existen: el escritor, sin el lector, es un ser inútil, o más, desaparecería como al amanecer un sueño o viviría como cualquier otro muerto de hambre. En definitiva, el gran arte que demuestran los escritores en el manejo de la palabra se debe, como todo en la naturaleza, a un hecho de supervivencia: el escritor que no atrapa muere.
Sus primeras víctimas fueron las palabras mismas, hermosas y ligeras vibraciones, despreocupados escalofríos del aire llenos de sonido y melodía; nacían las palabras, revoloteaban y desaparecían en un infinito brotar de creación sin miedo a la muerte, en un constante, armónico y puro movimiento parecido al de estrellas y planetas en el cielo nocturno. Pero llegaron ellos, los escritores, atraparon a las palabras, la mataron y la embalsamaron presurosamente en jeroglíficos y alfabetos, quedándose a mirar luego estos cadáveres, inmóviles para siempre, suspirando de placer y satisfacción. Hoy día, después de tanto andar por el mundo, estudiando a esta raza tan despreciada por los sabios, creo que la razón de tan maño asesinato fue el amor y el miedo, amor a las palabras y miedo a perderlas, como aquellos amantes que enloquecen y levantan el puñal contra el pecho que tanto quieren. O quizás a guiar sus imposibles actos es el más sencillo miedo humano a la caducidad de las cosas, al olvido, el triste miedo a lo inevitable, a lo que es necesario para que la vida siga brotando, a la gran madre de la vida, la sabia, la bella: la muerte.




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