Arahal (Sevilla), 1992. Contado Claudio Gallego del Río, recogido y publicado por publicado por José L. A. García en: Cuentos Populares Sevillanos, Tomo II
Esto era un paradeño, y se casó. Y la noche que se casó, pues con su mujer… vamos, se “casó” diecisiete veces, decisiete, y le pusieron “Diecisiete”. Estaba achantado en Paradas, agarró y se fue a Sevilla. Y se colocó de criado, y estaba allí: regaba flores y para acá. Se llamaba Manué. Cuando entró, dice:
– Usted, ¿como se llama? Le dice la señorita.
Dice:
– Yo me llamo Manué.
– ¡Vale!
Pero un día, estaba arreglando las flores arriba, pasó un paradeño gracioso y le dice:
– ¿Qué haces, Diecisiete?
– ¡Cagüe en la mar…!
Y se enteró la señorita, lo llama, dice:
– Manué, haz usted el favor… ¿cómo es que usted me ha dicho a mí que usted se llamaba Manué y ese hombre le ha dicho a usted Diecisiete?
– Mire usted…, que no, que…
Dice:
– No, no, usted me tiene que decir a mí por qué es eso.
El pobre no lo quería decir, y que sí y que no fue y se lo dijo, y dice la señorita:
– ¡Eso es una locura, eso es mentira! Eso es mentira.
– Esto es así, señorita, ¡qué es verdad!
– Pues eso lo quisiera yo ver.
– ¿Usted? ¿Cómo lo vamos a ver eso?
Y se acostó con la señorita, dio ¡pom, pom, pom! Diecisiete…, y dice ella que el último había salido vano. Y dice la señorita:
– ¡Has perdido! es que se habían puesto el dinero de la semana.
Dice:
– Yo he ganado, señorita.
Dice:
– No, no. Has perdido; el último no…, no ha valido.
Dice:
– ¿Cómo es eso? Cuando venga el señorito, veremos.
Dice:
– ¡Hombre! ¿Al señorito le vas a decir eso? No le cuentes al señorito eso.
Dice:
– Sí, usted déjemelo a mí, verá usted.
Todos los días el señorito, pues daba un paseo por ahí, con los amigos. Y llegó el señorito, y estaba Manué muy serio.
– ¿Qué pasa, Manué? ¿Cómo has echado el día hoy por ahí?
– Sí, muy bien. Cuando iba con los amigos, todos los amigos… había un nogal cargado de nueces, dicen: ¡Ea!, el que derribe diecisiete nueces de ahí se lleva un premio.
Dice el señorito:
– ¿Y qué pasó?
Dice:
– Pegué la primera, derribé diecisiete nueces.
Dice el señorito:
– ¿Qué pasa?
Dice:
– Qué una salió podrida, y dicen que yo perdí.
Dice:
– ¡Hombre! ¿¡Tú cómo vas a perder!? ¿Tú estás dentro? Eso no es. Has ganado tú.
Se fue. Le dice a la señorita:
– ¿Ve usted? Yo he ganado.
La señorita pensaba que había gnado el dinero de la semana.
– Caguen la mar…! – dice la señorita-. ¡Ea! Bueno, a ver lo que pasa – dice -. Pues ahora me pone el dinero de las dos semanas. Tiene usted que pillar, y yo me pongo arriba, y sale usted corriendo y me tiene que colocar a mí eso dentro.
Dice:
– ¡Vale!
Pero cuando venía corriendo, se pone ella la mano en el… ¿Y qué hizo? ¿Qué hizo? Se la colocó por el otro sitio, dice:
– ¡Ya perdiste!
Dice:
– ¡Yo qué voy a perder! ¡Yo qué voy a perder…! ¡Usted ha perdido!
Dice:
– ¡Cúando venga el señorito veremos!
Dice:
– ¿Al señorito?
Dice:
– ¡ Al señorito lo voy a contar! – ¡cómo era abogado!…
Llega el señorito…, estaba Manué muy serio. Dice:
– ¿Qué pasa, Manué?
Dice:
– ¡Nada!, las cosas de los amigos. Vamos por la calle y estaba la puerta cerrada, una ventana abierta. Y dicen: al que meta la piedra por la ventana, se lleva el premio hoy.
– Qué pasó?
– Qué tiré la piedra y, al tiempo de tirar, cierran la ventana, y la metí por el pestillo.
Dice:
– ¡Pues eso tiene más importancia! ¡Usted ganó!
Dice:
– ¿Usted ve, señorita? ¡Ha perdido usted!
– ¡Ofú!, bueno, ¡ya va a ganar el dinero de dos semana este! – dice -. ¡Ea! – le dice a la criada -, ¡ea!, señorita hoy nos vamos a ganar el dinero de tres semanas. Usted Manué tiene que pillar y acostarse comigo y con la señorita, y no hacernos a ninguna la o.
Dice:
– ¡Vale!
Y pilló una faja y se la relió, sujetó la pierna bien reliada, bien amarrada, y se acostó en la cama. La señorita en la punta y la criada en la otra. Se liaron a pellizcos, venga pellizcos, venga pellizcos, venga pellizcos; hasta que le soltaron la faja. ¿Qué hizo Manué? Se lio a dar vueltas, atagarra a un lado y a otro, ¡pom, pom!, venga ahí puntillazos. Dice la señorita:
– ¡Ea, ya perdiste!
Dice:
– ¡Yo que voy a perder! Cuando venga el señorito veremos…
– ¿Al señorito vas a contar eso?
– Usted tranquila.
Bueno, pues llega el señorito…, ¡Estaba Manué muy serio!
Y aquel día pues le tocó de salir con el caballo, por echar un paseo. Y coge su caballo, y va, le cuenta él, al señorito, dice:
– ¿Qué, qué te ha pasado, Manué, hoy?
Dice:
– Hoy, cojo el caballo por ahí y llego a un padrón. Trigo aquí y trigo aquí, ¡a los dos lados! Y amarro al caballo cortito cortito, cortito cortito. Ni alcanzaba aquí ni alcanzaba aquí. Y llegó un gracioso y soltó el caballo. Y el caballo pega a un lado, pega a otro, venga a pegar bocados a otro. Ha hecho una roncha, y dicen que yo he perdido.
Dice:
– ¡Hombre, si el caballo no lo sueltan, él no hace nada! ¡Tú no puedes perder nunca! ¡Tú no tienes culpa ninguna!
¡Y chache!
Salió el paradeño que volaba.
Y ahí terminó la historia del paradeño, de Manoliyo.



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