Foto blanco y negro retrato de un niña con una rosa en el fondo, obra de Letizia Battaglia.
La bambina e la rosa, Letizia Battaglia

Las Rosas de Sarajevo

Las Rosas de Sarajevo han crecido en un lugar privilegiado de Bosnia. El río Miljacka serpentea tranquilo por un valle estrecho, agazapado entre dos líneas de montes cubiertos de bosques. Sarajevo se crio aquí, a orilla de río, y del río heredó cuerpo sinuoso, alargado, elegante. Desde la delicada línea de la ciudad, anchas bandas de casas blancas remontan las faldas de los montes, parecen alas abriéndose, y Sarajevo una mariposa, reclinada sobre el valle como sobre el tallo de una flor.

Cruzo el río, dejo el casco antiguo y camino hacia los montes. El ruido de los coches desaparece, la carretera sube decidida y la ciudad se vuelve aldea; las puertas de las casas están abiertas, dentro cocinan, miran la tele, leen el periódico o se fijan en quien, como yo, pasa por ahí. Sopla viento, mueve los árboles; pocas nubes, el sol moja de luz al azul del cielo. Las casas acaban. Me siento al borde de la carretera. La escarpada corre rápida hacia el valle; es como un balcón, con los ojos puedo abarcar la ciudad entera, puedo imaginar, alguien recuerda:

cae la primera, tan despacio que parece mentira. Toca la calle. De golpe una detonación rompe la boca al silencio. Viene otra, otro estruendo, y luego muchas, muchas como lluvia, como semillas en verano, caen, centenares de sonidos como sílabas de la misma palabra repetida hasta cubrirlo todo: muerte. El sitio de Sarajevo ha comenzado. Las bombas caen, suaves los cuerpos se abren a su toque como fuesen flores; traídos desde la oscuridad del cuerpo a la luz del día, los órganos caen por las calles como frutos maduros y suculentos, el asfalto se vuelve grasiento y resbaladizo; el aire huele a carne quemada, sangre, pólvora. Alguien rebusca, pero es difícil reconocer en un trozo de carne a una esposa, un hijo, una madre o un amigo. La gente corre, grita, llora, luego muere, y las Rosas de Sarajevo florecen.

La masacre sigue durante 1425 días, magia humana, el drama se vuelve cálculo. Los civiles son el juguete de los francos tiradores; en las áreas ocupadas por el ejército Serbio la gente es juntada y matada, así de simple. Unos soldados le quitan un bebe a una mujer, lo meten en un horno y lo cocinan vivo, obligando la madre a verlo, cuando juzgan que está listo lo sacan y se lo devuelven. En el campo de Kalinovik 12 mujeres son seleccionadas para ser violadas, durante un mes, día y noche, la más joven tiene 16 años, la misma edad de la otra, aquella que los soldados están violando en frente de sus padres, y que morirá dentro de unas horas, desangrada por como le machacaron el cuerpo durante el estupro. El viento sopla, un pájaro vuela ligero hacia este, el sol brilla alto, cálido, dos musulmanes intentan escaparse de Srebrenica. Los soldados los cogen, le graban cruces cristianas en la piel con una navaja y luego disfrutan un poco, se ríen, cuentan chistes, fuman y apagaban sus cigarrillos sobre la carne de los dos prisioneros, luego, cansados del juego, los degüellan. En Sarajevo matarán a 13.952 personas, los vivos tendrán que verlo y vivirlo todo, y luego de enterrar a los muertos, recordarlo. Sopla viento, mueve los árboles; pocas nubes, el sol moja de luz al azul del cielo. Me levanto. Bajo al centro por la misma carretera; un perro se me acerca para una caricia.

La ciudad vieja es elegante, ligera, Sarajevo no tiene la actitud monumental propia de otras capitales europeas, oriente y occidente conversan para crear un espacio de íntima belleza. Rodeo una mezquita, vuelvo al mercado, sigo andurreando por el casco antiguo; la amabilidad de Sarajevo me seduce, pero ellos están por todas partes, nos persiguen, en cada barrio, a un lado de las casas, de los bares, en frente de una tienda, decenas, decenas de cementerios de estelas blancas llenan la ciudad, cementerios como un enjambre de blancas manos muertas, cementerios, hay cementerios por todas partes: Sarajevo respira con los muertos. Pero la vida sigue, charlan, miran, compran tomates, pisan una Rosa. Me paro en la terraza de un bar, pido un café, este café tan bueno y tan raro para mí, porque hay que esperar, tener paciencia, el polvo tiene que posarse al fondo. Han pasado 21 años, las marcas de las balas decoran todavía los edificios, las Rosas de Sarajevo florecen y la masacre se convierte en atracción turística: todos caímos en la trampa. Sopla viento, agita las cortinas, cojo el bolígrafo, te escribo. Las Rosas de Sarajevo no son flores: las 470.250 bombas caídas sobre Sarajevo han dejado cicatrices sobre el cuerpo de la ciudad, agujeros en el asfalto como el centro de una flor y rasgaduras como pétalos alrededor; acabada la guerra la gente de Sarajevo llenó las marcas de las bombas con una resina rojo sangre como memoria de los que perdieron la vida; las llamaron Rosas de Sarajevo, un nombre tan dulce, tan evocador.

Es el 2 de julio del 2017, sentando en un bar de Sarajevo dejo el bolígrafo para escuchar las últimas noticias de Siria: Soldados de las Fuerzas Democráticas Sirias acaban de tomar el mercado de al-Hal, al este de Raqqa, y algunos edificios estratégicos. 9 miembros del Estado Islámico han sido matados, entre ellos 2 francos tiradores. Han pasado 21 años, las Rosas de Sarajevo siguen brotando.

Gabi

Mis pensamientos son como humo, se van al mínimo movimiento de aire. Voluble, como la mar cambio de rumbo cada seis horas, mis sentimientos se manifiestan de pronto y sin engaño. Vivo perdidamente... - Autobiografía -

Comenta