Tres manos que se estrechan, como ahuyentando al miedo
Manos de Antonio Guerra

Miedo

Mi casa es chiquita y acogedora. Es luminosa, pero sin mucho sol directo, característica que se aprecia mucho durante el largo Verano Andaluz, cuando el Sol muerde con violencia y solo se pide piedad de agua y sombra. Los balcones se asoman a una calle ancha, para el estándar de aquí, flanqueada por bloques no demasiado altos y bastante nuevos, alternados con algunas casas más bajas, más lindas y más antiguas. Resulta una línea de tejados profundamente irregular, con edificios de muy diferente altura.
Por la mañana la calle está animada, también durante estos días tan extraños. Hay algunos bares y tiendas de todo tipo. La pescadería es un poco cara pero el hombre es una maravilla de alegría y el pescado está de lujo. El Bar Pedro era una institución más solida que el cercano Parlamento de Andalucía.
Lo que añade especial belleza a estos parajes son los árboles del paraíso. Son árboles altos, de líneas suaves y de anchas copas que destilan la luz en sombra buena. Durante esta temporada se llenan de racimos de pequeñas flores blanco-violeta de cinco pétalos, que inundan la calle de un perfume dulce, blanco, encendido.
Cierro los ojos y respiro. El aire se mete en mi cuerpo y lleva al alma la dulzura de las flores, refresca emociones y pensamientos. Sonrío y vuelvo a mirar los paseantes de mi calle. Casi todos llevan mascarillas.
Respiro: le tengo miedo al aire por traerme muerte y muero si no respiro. Vivo días y horas asustado de mi aliento, le tengo miedo a una muerte invisible que me espera, traicionera, detrás de un beso tuyo, de mis labios abiertos hacia el aire. Dudo, ¿respirando me moriré? No puedo evitarlo.
El miedo ya no es una emoción, es un estado constante, es mi forma de ser y de obrar. No tengo verdadero control, soy presa de esta emoción de colores brillantes y crueles. El miedo me confunde, rompe mis pensamientos. Mis ojos ven una realidad diferente, el miedo hace que todo se parezca a otra cosa, que todo esconda otra cosa: en las casas que me rodean ya nadie duerme, velan mis posibles asesinos. El miedo sustituye mi lógica con su pasión irracional, solo puedo huir corriendo, gritar, o golpear todo lo que se mueve alrededor mía. Podría hacer cualquier cosa, te puede esperar de todo, porque no soy dueño de mí, es el miedo que me hace cosas… Y te miro así… Y te hablo así… Y actúo así.
Para entenderme deberías enloquecer o dejar que el miedo se te meta por dentro, que te ablande las piernas, que te hiele el alma arrancándote lágrimas en silencio o un grito.
Este miedo lo respiro, miedo mío miedo vuestro, que no estoy temblando solo, somos muchos. Le tengo manía a las manos, que han tocado cosas que no sé, no te acerques por favor, a vuestras bocas. Le tengo manía al prójimo, y tú a mí, portador de muerte, inocente paseante con el poder de matarme, de matarte.

de: Punto 0 Dario de una pandemia

Alejandro Sidonia

Sediento siempre de novedades, y tan sobrado de imaginaciones extrañas y maliciosas, como falto de juicio y compostura. Con los nervios siempre tensos, el alma continuamente... - Autobiografía -

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