Cubierta de Mujer de Agua
Abrazo de Iosu Ramirez

Mujer de Agua

Un río no es la mar. Eso piensa el chico mientras abre una lata de atún y llena un bollo de pan. Está sentado en un banco en la parada del ferry. El ferry ya se acerca. El sol está alto, fuerte, la mar se despereza tranquila, pero dicen que esta tarde habrá tormenta, y la gente de aquí no falla, leen la mar y el cielo como un libro: el azul lo llevamos por dentro. Da un bocado tras otro, rápido: está un poco picado. Su primo vino desde tierra para unos días de vacaciones. Le cae mal, parece que lo sabe todo, y esto de que nadar en la mar o en un río no cambia nada, de que nadar es nadar… Tira el último trozo de bocata al agua, para los peces, ellos también tendrán que comer. Se ríe, y nosotros a comernos los peces…

El ferry llega. Amarran. Sacan la pasarela. La gente comienza a bajar. Saluda a quien conoce, mira con indiferencia a los turistas que acaban de llegar. Al principio le daban curiosidad y alegría, pero se aburrió pronto: vienen y se van, pero no ven nada, no escuchan nada, no quieren enterarse de las cosas de aquí, tampoco cuentan mucho de las cosas de allá, y encima no saben nada de la mar, ¿y a quién le importa? La temporada se va acabando, en un par de semanas estaremos solo nosotros, la mar, los barcos, los peces.

Da una última mirada a la gente y cruza los ojos con un hombre. No es muy alto, tiene la piel tan bronceada como los pescadores y no lleva maleta, sino un macuto colgando del hombro. El hombre sonríe y le saluda con la mano. El chico sonríe, contesta al saludo y lo mira alejarse hacia el pueblo. Hoy no llegarán más barcos. Se levanta, tiene ganas de ir a por cangrejos y evitar al pesado de su primo.

El chico está contento, ha pillado unos cuantos y bien gordos, ya se imagina las caras de sus padres, y a ver esta vez que le cuenta su primo, que ni siquiera sabe pillar un pez en un acuario.
Mira hacia la mar abierta. La gente tenía razón, la tormenta se acerca. Trepa rápido las rocas, pronto gana la arena y se para. En el medio de la playa está el hombre de esta mañana.
El chico tiene que cruzar la playa para irse a casa, tendrá que pasar a su lado. El chico camina con los ojos fijos en el hombre, el hombre mira la mar y no se mueve. Cuando el chico está muy cerca el hombre se vuelve, lo mira, sonríe y lo saluda.
– ¿Qué llevas ahí? – le pregunta el hombre.
– Unos cangrejos – el chico le contesta enseñándole orgulloso la red.
– ¡Vaya que gordos que están! Se te da bien la pesca.
– Sí – contesta el chico riendo – me ha enseñado mi padre.
El hombre tiene acento extranjero, al chico le recuerda a una turista del año pasado, que decía que venía de una tierra lejana donde había muchos faros.
– ¿De dónde eres? – pregunta el chico.
– ¡Uy! Mi tierra está lejos.
– ¿Hay muchos faros por ahí?
– Sí.
– ¡Entonces sé como se llama! ríe el chico.
Se quedan unos minutos charlando, pero el viento es más violento, la mar pega fuerte, las primeras gotas de lluvia les mojan las caras.
– Vámonos – dice el hombre – no está bien quedarse en la playa con este tiempo.
– ¿Por qué?
– ¿Como por qué? Si no tienes cuidado te lleva la mar.
– ¿Qué dices? Tienes solo que ponerte donde no llegan las olas.
– No hablo de eso.
– ¿Y de qué hablas?
– … Cuenta la gente que cuando hay tempestad y las olas pegan, pegan fuerte, y parece que la playa está a punto de romperse, pues, pasa que un trozo, un trocito de ola se desprende y cae en la arena. Entonces toma forma de una mujer de agua, hermosa. Su piel es fina, transparente, llena de espuma. Ella se echa a andar por la arena hasta que la tempestad pasa, y besa a todos los que encuentra… Los que reciben sus besos se enamoran de la mar y todo abandonan, y se van por el agua, y nunca vuelven…
El chico se queda en silencio, el hombre tiene los ojos fijos en la mar.
– ¿Tú la viste? – pregunta el chico.
El hombre lo mira, sonríe, y dice: – ¿Y tú?, ¿Te vas o te quedas?

Alejandro Sidonia

Sediento siempre de novedades, y tan sobrado de imaginaciones extrañas y maliciosas, como falto de juicio y compostura. Con los nervios siempre tensos, el alma continuamente... - Autobiografía -

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