Un autorretrato el pintor italiano Giacomo Ceruti que bien podría ser nuestro Juan de la cachiporra y la cueva encantada. En este cuadro Giacomo se retrata como peregrino, su palo de andar nos hizo pensar en la porra de Juan
Giacomo Ceruti, autorretrato, detalle

Juan de la cachiporra y la cueva encantada

Un oso robó una moza, se la llevó a una cueva y al fin de equis tiempo la moza tuvo un hijo. El oso, cuando salía a buscar fruta y comida para la moza y el niño, ponía a la puerta de la cueva una piedra muy gorda. La madre le contaba entonces al hijo una historia de la cueva de los tres encantos y que había tres monstruos guardándolos, hasta que el afán del muchacho era desencantar aquellos encantos. Al fin, le dijo a la madre que estaba dispuesto a ir y la madre le preguntó cómo iba a salir si la puerta tenía una piedra puesta. “No, yo tengo mucha fuerza; yo soy capaz de sacar esa piedra”. Sacó la piedra y salió.

Hizo una cachiporra que pesaba cuarenta arrobas y salió marchando. Pasó por uno que estaba labrando con una yunta de burros y le preguntó si sabía el camino de la cueva de los tres encantos y el hombre que estaba labrando cogió el arado con las burras y señaló:

-¡Es pa allí!
-Oye, y ¿tú te querías venir conmigo?
-¡Sí! Yo voy.

Soltó los burros y se fue con él, y yendo andando los dos se encontraron otro que estaba arrancando pinos en el medio de un pinar. A diestra y siniestra echaba las manos a un pino, y uno, otro, y aquel, y otro. Le preguntaron:

-Eh, ¿falta mucho para llegar a la cueva de los tres encantos?
-No, poco. Es allí.- dijo señalando con uno de los pinos más grandes.
-¿Te quieres venir con nosotros que vamos a desencantar la cueva de los encantos?
-Sí, yo voy.

Llegaron los tres y ninguno quería bajar a la sima, así que bajó él, pero les dijo: “Yo me llevo una campanilla y cuando la toque vosotros tiráis para arriba de la soga porque es que estoy en peligro”. Bajó y llegó cierto momento que entre mosquitos y murciélagos y cosas se vio completamente angustiado y tocó la campanilla, pero como los otros ya tenían miedo de él lo que hicieron fue soltar la soga y cayó, y cayó en otro mundo; y cuando se vio allá se dijo: “Bueno, pues aquí ya, a lo hecho, pecho”. Salió andando por una vereda y se encontró una rivera con unas pasaderas que ponían: “Passarás mas não voltarás”. “Pues yo paso”, dijo, pero no fue más que poner un pie en el otro lado de la rivera se presentó un toro bravo berreando y bramando. Juan Echa mano a la cahiporra, palo va, palo viene, tuvieron una gresca grande, y al fin ganó al toro. Entonces se oyó una voz que salía de la boca del toro que decía: “Rájale la barriga”. Lo hizo y salió de allá una moza bonita, bonita, que se fue con él.

Iban andando y se econtró con otra rivera y otras pasaderas que decían igual: “Passarás mas não voltarás”. “Pues yo paso”, dijo, y nada más pasar, ¡una serpiente! Cachiporrá, cachiporrá viene, hasta que venció a la serpiente. Entonces una voz dijo: “Rájale la barriga a la serpiente”. Lo hizo y salió de allá otra moza todavía más guapa que la primera y se la llevó también con él.

En otra rivera le pasó lo mismo y en la otra orilla se le presentó el diablo con una horca en la mano pegándole jinchonazos, pero el tío con su cachiporra, porrada va, porrada viene, derrotó al diablo y una vez que lo tuvo derrotado echó mano a la navaja y le cortó las orejas y se las metió en el bolsillo. Entonces se apareció otra moza más guapa todavía que ninguna de las otras dos. ¡Tres mozas a cual de ellas más guapa! “Pues ahora, dijo Juan de la Cachiporra, me vuelvo para la cueva”.

Llegó, tocó la campanillas, le echaron la soga y subió una moza, volvió a tocar la campanillas y subió otra, tocó otra vez y salió la otra, pero a él, por mucho que tocó la campanilla, el Arrancapinos y Juan de las Burras le tenían miedoa Juan de la Cachiporra, y no le echaron la soga. El hombre se vio deseperado, sin nada que comer, y se acordó que en el bolsillo tenía algo: sacó las orejas del diablo y empezó a comérselas. Entonces se presentó el diablo y le dijo:

-Pídeme lo que quieras, pero no me roigas las orejas.
-Pues si quieres que no me las coma, ponme arriba.

Ya arriba, se echó a cuestas la cachiporra y salió en busca de los otros dos, pero ellos, cuando se enteraron de que Juan de la Cachiporra andaba por allí, pusieron pies en polvorosa y por aquí cerca pasó uno corriendo. Las tres mozas se quedaron con Juan.

Relatada por Antonio Farropo (Campiña de La Codosera – Badajoz) públicada por Manuel Simón Viola Morato en “Cuentos populares arrayanes”

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pateando entre escombros, paredes levantadas a medias, escaleras que acaban en la nada, los suelos llenos de trozos de sueños, historias sin acabar, versos que buscan poemas, y personajes que piden a - Presentación -

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