Foto en blanco y negro de una estatua del cementerio monumental de Milano de noche. Creeative Commons atribución 4.0
Las marcas del tiempo (Marco)

La noche, Dino Campana

Os ofrecemos el texto completo en castellano de «La Noche»con original en italiano al fondo, brillante abertura de «Cantos Órficos», la majestuosa obra cumbre del poeta italiano Dino Campana, en la hermosa y atrevida traducción de Gabriele Burchielli.

Nota del traductor

Poco de lo que los académicos suelen acostumbrarnos aquí encontrarás, lector. No se debe esto a un desprecio de las aulas de las universidades, solo son otras, aquí, las reglas del juego. Traduje a Dino Campana sin reparar en vergüenza alguna y con el atrevimiento que siempre requiere una obra de traducción. A guiarme fue el instinto primero, luego la enorme distancia de estilo poético entre yo y Campana, en fin el amor que nos une en el desconcierto del alma.

Lecturas en voz alta, pasión y aguardiente, imaginación siempre y antes; poco estudio, muchos intentos, luz baja y perfecto silencio han sido los ingredientes de la pócima, que preparé durante estas largas noches y extraños días, en que bebí el trago amargo del alma de otro hombre, muerto antes de yo naciese. Nada más hace falta añadir: lo bueno y lo malo, lector, lo tienes en tus manos.

 


LA NOCHE


 

I LA NOCHE

Recuerdo una vieja ciudad, de rojas murallas y torres, abrasada en la vasta llanura de un agosto ardiente, con el frescor lejano de colinas verdes y blandas al fondo. Arcos enormemente vacíos de puentes sobre el río noblemente envuelto en delgadas y plúmbeas estancaciones: siluetas negras de gitanos móviles y silenciosas en la orilla: entre el parpadeo lejano de un cañaveral, lejanas formas de adolescentes desnudos y el perfil y la barba judía de un viejo: y de pronto desde el centro del agua muerta las gitanas y un canto, desde el pantano áfono una letanía primordial monótona e irritante: y del tiempo quedó el curso suspendido.

***

Inconscientemente levanté los ojos hacia la torre bárbara que dominaba el larguísimo paseo de los plátanos. Sobre el silencio vuelto intenso Ella revivía su mito lejano y salvaje: mientras a través de visiones lejanas, por sensaciones oscuras y violentas otro mito, de igual místico y salvaje recorría a veces mi mente. Allí abajo, los largos vestidos habían traído blandamente hacia el resplandor vago de la puerta las prostitutas, las antiguas: el campo se entorpecía entonces en la red de los canales: jóvens con peinados ágiles, con perfiles de medalla, desaparecían reaparecían en las carretillas tras las curvas verdes. Un repique de campana argentino y dulce de distancia: la tarde-noche: en la iglesita solitaria, en la sombra de las modestas naves, yo la abrazaba, desde la piel rosada y los ojos esquivos: años y años y años se fundían en la dulzura triunfante del recuerdo.

***

Inconscientemente aquel que yo había sido se dirigía hacia la torre bárbara, la mítica guardiana de los sueños de la adolescencia. Subía al silencio de los callejones antiquísimos a lo largo de los muros de iglesias y conventos: no se escuchaba el ruido de sus pasos. Una plazuela desierta, casuchas apretujadas, ventanas mudas: al lado, en un destello inmenso la torre, ópticúspide roja impenetrable yerma. Una fuente del quiniento ya seca callaba, la lápide partida en medio de su inscripción latina. Se desliaba una calle empedrada y desierta hacia la ciudad.

***

Sobresaltó por una puerta que de par en par se abría. Ancianos, formas oblicuas huesudas y mudas, se apiñaban empujándose con los codos perforantes, terribles bajo la gran luz. Frente al rostro barbudo de un fraile, que sobresalía del marco de una puerta, se detuvieron en una reverencia trepidante servil, reptaron susurrando, levantándose poco a poco, arrastrando uno por uno sus sombras a lo largo de las paredes rojizas y descascaradas, todos símiles a sombras. Una mujer con paso tambaleante y risa inconsciente se unió y cerró el cortejo.

***

Se arrastraban sus sombras sobre las paredes rojizas y descascaradas: él seguía como un autómata. Dirigió una palabra a la mujer que cayó en el silencio de la tarde: un anciano se volvió para mirarlo con una mirada absurda luminosa y vacía. Y la mujer sonriendo seguía con débil sonrisa en la aridez meridiana, lela y sola en la luz catastrófica.

***

Nunca supe cómo, bordeando canales torpidos, volví a ver mi sombra que desde el fondo se burláva de mí. Me acompañó por calles malolientes donde las mujeres cantaban en la calentura. En los límites del campo una puerta marcada por golpes, custodiada por una joven vestida de rosa, pálida y gorda, la atrajo: entré. Una antigua y opulenta matrona, con perfil de carnero con el pelo negro hábilmente enrollado en la cabeza escultural barbaramente adornada por el ojo líquido como una gema negra con facetas extrañas estaba sentada, agitada por gracias infantiles que renacían con la esperanza sacando ella de una baraja de cartas largas y grasientas extrañas teorías de reinas lánguidas reyes sotas armas y caballeros. Saludé y una voz conventual, profunda y melodramática me respondió junto con una graciosa sonrisa arrugada. Distinguí en la sombra a la esclava que dormía con la boca entreabierta, exhalaba un gorgoteo socofado por un sueño pesado, semidesnudo el hermoso cuerpo ágil y ambarino. Me senté despacio. La larga secuencia de sus amores desfilaba monótona en mis oídos. Antiguos retratos de familia estaban esparcidos sobre la mesa grasienta. La ágil figura de una mujer de piel ambarina tendida en la cama escuchaba curiosa, apoyada en los codos como una Esfinge: fuera los huertos verdísimos entre los muros rojizos: solo los tres vivos en el silencio meridiano.

***

Había descendido mientras tanto el atardecer y envolvía el lugar con su oro conmovido por los recuerdos y parecía consagrarlo. La voz de la Ruffiana se había vuelto poco a poco más dulce, y su cabeza de sacerdotisa oriental se complacía en poses lánguidas. La magia del atardecer, lánguida amiga del criminal, era cómplice de nuestras almas oscuras y sus cimas parecían prometer un reino misterioso. Y la sacerdotisa de los placeres estériles, la criada ingenua y ávida y el poeta se miraban, almas infencundas buscando inconscientemente el problema de sus vidas. Pero el atardecer caía mensaje dorado de los escalofríos frescos de la noche.

***

Llegó la noche y se cumplió la conquista de la esclava. Su cuerpo ambarino su boca voraz sus ásperos cabellos negros a veces la revelación de sus ojos aterrados de voluptuosidad trenzaron un hecho fantástico. En cambio más dulce, ya cerca de extinguirse, aún reinaba en la lejanía el recuerdo de Ella, la matrona seductora, la reina todavía en su línea clásica entre sus grandes hermanas del recuerdo: ya que Miguel Ángel había recogido sobre sus rodillas cansadas de camino aquella que dobla, que dobla y no posa, reina bárbara bajo el peso de todo el sueño humano, y el chocar de las poses arcanas y violentas de las barbaras arrastradas reinas antiguas había oído Dante apagarse en el grito de Francesca ahí en las riberas de los ríos que cansados de guerra se hacen boca, mientras en sus orillas se recrea el eterno tormento del amor. Y la escalva, la ingenua Magdalena de cabellos ásperos y ojos brillantes pedía en sobresaltos desde su cuerpo estéril y dorado, crudo y salvaje, dulcemente cerrado en la humildad de su misterio. La larga noche llena de los engaños de aquellas imágenes bizarras. Se asomaban a las cancelas de plata de las primeras aventuras las antiguas imágenes, dulcificadas por una vida de amor, para protegerme nuevamente con su sonrisa de misteriosa y encantadora ternura. Se abrían las cerradas aulas donde la luz se hunde igual en los espejos infinitamente, apareciendo imágenes aventureras de cortesanas en la luz de los espejos empalidecidas en su actitud de esfinges: y otra vez todo lo que era árido y dulce, desvanecidas las rosas de la juventud, volvía a revivir en el panorama esquelético del mundo.

***

En el olor a pólvora de la tarde de feria, en el aire el último clamor de la banda y voces, veía a las antiguísimas jóvenes de la primera ilusión perfilarse a través de los puentes arrojados desde la ciudad al suburbio en los atardeceres del verano ardiente: vueltas de tres cuartos, oyendo desde el suburbio el clamor que se acentua anunciando las lenguas de fuego de las lámparas inquietas perforando la atmósfera cargada de luces orgiásticas: ahora dulcificada, en el ya muerto cielo dulces y rosadas, de un velo aligeradas: así como Santa Marta, rotos contra el suelo los instrumentos, cesado ya en los siempre verdes paisajes el canto que el corazón de Santa Cecilia afina al cielo latino, dulce y rosada cerca del crepúsculo antiguo en la línea heroica de la gran figura femenina romana. Recuerdos de gitanas, recuerdos de amores lejanos, recuerdos de sonidos y luces: cansancios de amor, cansancios repentinos en la cama de una taberna lejana, otra cuna aventurera de incertidumbre y arrepentimiento: así lo que aún era árido y dulce, menguadas las rosas de la juventud, se levantaba sobre el panorama esquelético del mundo.

***

En el atardecer de los fuegos de la fiesta de verano, en la luz deliciosa y blanca, cuando nuestros oídos apenas descansaban en el silencio y nuestros ojos estaban cansados de los molinetes de fuego, de las estrellas multicolores que habían dejado un olor pírico, una vaga pesadez roja en el aire, y caminar juntos nos había embriagado con nuestra belleza demasiado diferente, ella, fina y morena, pura en los ojos y en el rostro, perdido el destello del collar al cuello desnudo, ahora caminaba a veces inexperta, apretando el abanico.

***

Fue atraída hacia la barraca: su bata blanca de finos desgarros azules ondeó en la luz difusa, y yo seguí su palidez marcada en su frente por la franja nocturna de su cabello. Entramos. Rostros morenos de autócratas, serenados por la juventud y la fiesta, se volvieron hacia nosotros, profundamente límpidos en la luz. Y miramos los paisajes. Todo era de una irrealidad espectral. Había panoramas esqueléticos de ciudades. Muertos bizarros miraban el cielo en posturas leñosas. Una odalisca de goma tenue respiraba y alrededor giraba los ojos de ídolo. Y el agudo olor del serrín que atenuaba los pasos y el susurrar de las señoritas del pueblo, atónitas por aquuel misterio. «¿Es así París? Aquí está Londres. La batalla de Mukden». Mirábamos alrededor: debía ser tarde. ¡Todas esas cosas vistas por los ojos magnéticos de las lentes en aquella luz de ensueño! Inmóvil a mi lado sentía que se volvía lejana y estranjera mientras su encanto se profundizaba bajo la franja nocturna de su cabello. Se movió. Y yo sentí con una punta de amargura pronto consolada que nunca más estaría cerca de ella. La seguí entonces como se sigue un sueño que se ama en vano: así de repente otra vez fuimos lejanos y extranjeros después de la algazara de la fiesta, en frente el panorama esquelético del mundo.

***

Estaba bajo la sombra de los soportales exudada de gotas y gotas de luz sanguínea en la niebla de una noche de diciembre. De repente, una puerta se abrió en una magneficiencia de luz. Al fondo delante descansaba en la magneficiencia de una otomana roja el codo sosteniendo la cabeza, una matrona, ojos marrones vivaces, mamas enormes: junto a ella una joven arrodillada, de piel ámbar y fina, el cabello cortado en la frente, con gracia juvenil, las piernas lisas y desnudas por debajo de la bata brillante: y arriba, arriba de la matrona pensativa con ojos jóvenes una cortina, una cortina blanca de encaje, una cortina que parecía agitar imágenes, imágenes por arriba de ella, imágenes blancas arriba de ella pensativa en los jóvenes ojos. Hechado de un golpe a la luz desde la sombra de los pórticos exudada de gotas y gota de luz sanguínea, yo miraba costreñido asombrado la gracia simbólica y aventurera de aquella escena. Ya era tarde, quedamos solos y entre nosotros nació una intimidad libre y la matrona de ojos jóvenes apoyada como fondo la móvil cortina blanca de encaje habló. Su vida era un largo pecado: la lujuria. La lujuria, pero toda llena aún para ella de curiosidades inalcanzables. «La hembra mucho lo picoteaba de besos desde la derecha: ¿desde la derecha por qué? Y luego el macho de la paloma se quedaba arriba, ¿inmóvil? Diez minutos, ¿por qué?» Las preguntas no tenían aún respuesta, entonces ella, movida por la nostalgia, recordaba y recordaba mucho el pasado. Hasta que la conversación había menguado, la voz había callado alrededor, el misterio del placer se había apoderado de aquella que lo evocaba. Conmocionado, con lágrimas en los ojos yo pegado a la cortina de encaje seguía seguía todavía fantasías blancas. Alrededor la voz había callado. La ramera había desaparecido. La voz había callado. Seguramente la sentí pasar con un silencioso roce conmovedor. Delante de la cortina arrugada de encaje la joven aún posaba sobre sus rodillas de ambar, dobladas con gracia de cinedo.

***

Faust era joven y guapo, tenía el pelo rizado. Las mujeres de Bolonia en aquel entonces se asemejaban a medallas siracusanas y el corte de sus ojos era tan perfecto que les encantaba parecer inmóviles contrastando armoniosamente con sus largos rizos castaña. Era fácil encontrarlas al atardecer por las calles oscuras (la luna iluminaba entonces las calles), y Faust levantaba la mirada hacia las chimeneas de las casas que a la luz de la luna parecían signos de interrogación y quedaba pensativo en el sonido de sus pasos arrastrados que se apagaba poco a poco.

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De vez en cuando desde la vieja taberna que recogía a los estudiantes le gustaba oir entre las conversaciones tranquilas del invierno boloñés, frígido y nebuloso como el suyo y el chasquido de la leña y los destellos de la llama sobre lel ocre de las bóvedas los pasos apresurados bajo los arcos cercanos. Le encantaba entonces recogerse en un canto mientras la joven tabernera, rojo el delantal y las hermosas mejillas bajo el peinado ahumado pasaba una y otra vez frente a él. Faust era joven y hermoso. En un día como este, desde la pequeña sala tapizada, entre los estribillos de los órganos automáticos y una decoración floral, desde la salita yo escuchaba a la muchedumbre fluir y los oscuros ruidos del invierno. ¡Oh, recuerdo! Yo era joven, la mano nunca quieta apoyada para sostener el rostro indeciso, amable por ansias y por fatigas. Prestaba entonces mi enigma a las costureritas lisas y flexuosas, consagradas por mi ansia del amor supremo, por el ansia de mi tormentosa juventud sedienta. Todo era misterio para mi fe, mi vida era toda «un ansiar el secreto de las estrellas, toda un inclinarse sobre el abismo». Era yo bello de tormento, inquieto pálido sediento errante detrás de las larvas del misterio. Luego hui. Me perdí en el tumulto de las ciudades colosales, vi las blancas catedrales elevarse enormes acumulaciones de fe y sueño con mil agujas en el cielo, vi los Alpes levantarse aún más grandes catedrales, llenas de las grandes sombras verdes de los abetos, y llenas de la melodía de los torrentes cuyo canto naciente desde infinito del sueño oía. Allí arriba entre los abetos humeantes en la niebla, entre miles y miles tintineos las mil voces del silencio revelada una joven luz entre los troncos, por senderos iluminados subía: subía a los Alpes, al fondo blanco del delicado misterio. Lagos, allí arriba entre las rocas claros canales vigilados por la sonrisa del sueño, los claros canales, los lagos extáticos del olvido que tú Leonardo fingías. El torrente me contaba oscuramente la historia. Yo firme entre las lanzas inmóviles de los abetos creyendo a veces vagar una nueva melodía salvaje y pero triste quizás observaba intensamente las nubes que parecían detenerse curiosas por un instante en aquel paisaje profundo y espiarlo y desvanecer detrás de las lanzas inmóviles de los abetos. Y pobre, desnudo, feliz de ser pobre y desnudo, de reflejar por un instante el paisaje como un recuerdo encantador y horrible en el fondo de mi corazón subía: y llegué llegué hasta donde las nieves de los Alpes cerraban la senda. Una joven en el torrente lavaba, lavaba y cantaba en las nieves de los blancos Alpes. Hacía mi se volvió, me recibió, en la noche me amó. Y aun en el fondo los Alpes el blanco y delicado misterio, en mi recuerdo se encendió la pureza de la lámpara estelar, brilló la luz de la tarde de amor.

***

¿Pero qué pesadilla aún pesaba sobre toda mi juventud? ¡O los besos los besos vanos de la joven que lavaba, lavaba y cantaba en la nieve de los blancos Alpes! (lagrímas trajo el recuerdo a mis ojos). Volví a escuchar el torrente aún lejano: bramava mojando antiguas ciudades desoladas, largas calles silenciosas, desiertas como después de un saqueo. Un calor dorado en la sombra de la habitación presente, una melena profusa, el estertor de un cuerpo exhalante anidado en la noche mística del antiguo animal humano. Dormía la jóven olvidándose en sus oscuros sueños: como un ícono bizantino, como un mito arabesco blanqueaba en el fondo la palidez incierta de la tienda.

***

Y entonces figuras de una antiguísima libre vida, de enormes mitos solares, de matanzas de orgías se crearon ante mi espíritu. Volví a ver una antigua imagen, una forma esquelética viva por la fuerza misteriosa de un mito bárbaro, los ojos remolinos cambiantes vívidos de linfas oscuras, en la tortura del sueño descubrir el cuerpo vulcanizado, dos manchas dos agujeros de balas de mosquete en sus mamas extintas. Creí oír estermecerse las guitarras allí en la cabaña de vigas y zinc sobre los campos vagos de la ciudad, mientras una vela aclaraba el suelo desnudo. En mi cara una matrona salvaje me miraba sin pestañear. La luz era escasa en el suelo desnudo en el estremecerse de las guitarras. Al lado sobre el tesoro floreciente de una doncella en sueños la vieja se agarraba ahora como una araña mientras parecía susurrar al oido palabras que no oía, dulces como el viento sin palabras de la Pampa que sumerge. La matrona salvaje me había cogido: mi sangre tibia era seguro bebida por la tierra; ahora la luz era aún más escasa en el suelo desnudo en el aliento metalizado de las guitarras. De repente, la joven liberada exhaló su juventud, lánguida en su gracia salvaje, los ojos dulces y agudos como un remolino. Sobre los hombros de la hermosa salvaje languideció la gracia en la sombra de los cabellos fluidos y la majestuosa melena del árbol de la vida se entrelazó en la sosta sobre el terreno desnudo invitando las guitarras al lejano sueño. Desde la Pampa se oyó claramente un brincar un galopar de caballos salvajes; el viento se oyó claramente levantarse, el galope pareció perderse sordo en el infinito. En el cuadro de la puerta abierta las estrellas brillaron rojas y cálidas en la lejanía: la sombra de las salvajes en la sombra.

 

II EL VIAJE Y LA VUELTA

Subían voces y voces, y cantos de niños y de lujuria por los retorcidos callejones dentro de la sombra ardiente, a la colina a la colina. A la sombra de las farolas verdes las blancas colosales prostitutas soñaban sueños vagos en la luz encabritada en el viento. El mar en el viento escanciaba su sal que el viento escanciaba y elevaba al olor lujurioso de los callejones, y la blanca noche mediterránea jugueteaba con las enormes formas de las hembras entre los encabritados intentos de la llama de desgarrarse del hueco de las farolas. Ellas miraban la llama y cantaban canciones de corazones en cadenas. Luego todos los preludios habían callado. La noche, la alegría más tranquila de la noche se había posado. Las puertas moriscas se cargaban y retorcían con monstruosos portentos negros mientras al fondo, del oscuro azul las bahías se rebalsaban de estrellas. Alta solitaria dominaba ahora la noche encendida en todo su enjambre de estrellas y llamas. Adelante como una monstruosa herida ahondaba una camino. A los lados del rincón de las puertas, blancas cariátides de un cielo artificial soñaban el rostro apoyado en la palma. Ella tenía la pura línea imperial del perfil y del cuello vestida de esplendor opalino. Con rápido gesto de juventud imperial el vestido ligero ponía a sus hombros contoneándose y su ventana centelleaba a la espera hasta que delicadamente las celosías se cerraran sobre una doble sombra. Y mi corazón tenía hambre de sueño, por ella, por la evanescente como el amor evanescente, la dadora de amor de los puertos, la cariátide de los cielos de ventura. Sobre sus divinas rodillas, sobre su forma pálida como un sueño salido de los innumerables sueños de la sombra, entre las innumerables luces engañosas, la antigua amiga, la eterna Quimera sostenía entre sus manos rojas mi antiguo corazón.

***

Regreso. En la habitación donde las formas suyas nacidas de los velos de la luz cubrí, un respiro tardío: y en el crepúsculo mi prístina lámpara aún vierte en mi corazón vago recuerdos estrellados. Rostros, rostros a los que rieron los ojos en la flor del sueño, ustedes jóvenes aurigas por los ligeros caminos del sueño que adorné con fervor: oh frágiles rimas, oh guirnaldas de amores nocturnos… Desde el jardín una canción se rompe en cadena tenue de sollozos: la vena está abierta: árido rojo y dulce es el panorama esquelético del mundo.

***

¡Oh!, ¡tu cuerpo! Tu perfume velaba mis ojos: yo no veía tu cuerpo (un dulce y agudo perfume): allí en el gran espejo desnudo, en el gran espejo desnudo velado por los humos violeta, en lo alto besado por una estrella de luz estaba el hermoso, el hermoso y dulce don de un dios: y las tímidas mamas estaban hinchadas de luz, y las estrellas estaban ausentes, y ningún dios estaba en la tarde de amor de violeta: pero tú ligera tú en mis rodillas te sentabas, cariátide nocturna de un cielo encantador. Tu cuerpo un aéreo don en mis rodillas, y las estrellas ausentes, y ningún dios en el atardecer de amor de violeta: pero tú en el atardecer de amor de violeta: pero tú bajando los ojos de violeta, tú a un ignoto cielo nocturno que habías robado una melodía de caricias. Recuerdo querida: ligeros como las alas de una paloma tú los miembros tuyos posaste sobre mis nobles miembros. Jadearon felices, respiraron su propia belleza, jadearon a una más clara luz mis nobles miembros en tu dócil nube de divinos reflejos. ¡Oh, no encenderlas!, ¡no encenderlas! No encenderlas: todo es vano vano es el sueño: todo es vano todo es sueño: Amor, primavera del sueño eres sola eres sola que apareces en el velo de los humos de violeta. Como una nube blanca, como una nube blanca cerca de mi corazón, ¡quédate o quédate o quédate! ¡No te entristezcas oh Sol! Abrimos la ventana al cielo nocturno. Los hombres como espectros vagantes: vagaban como los espectros: y la ciudad (las calles las iglesias las plazas) se componía en un sueño cadencioso, como por una melodía invisible brotada de ese vagar. ¿No era entonces el mundo habitado por dulces espectros y en la noche no era el sueño despierto en las potencias sus todas triunfales? ¿Qué puente mudo quisimos, qué puente hemos nosotros levantado sobre el infinito que todo ahora nos parece sombra de eternidad? ¿Hasta qué sueño levantamos la nostalgia de nuestra belleza? La luna se alzaba en su vieja bata detrás de la iglesia bizantina.

 

III FIN

Al calorcito de la luz roja, dentro de las cerradas aulas donde la luz se hunde uniforme en los espejos infinitamente florecen desvanecen blancuras de encajes. La portera, en el esplendor apagado de un corsé verde, las arrugas del rostro más dulces, los ojos que en la claridad velan el negro mira la puerta de plata. Del amor se siente el encanto indefinido. Gobierna una mujer madura serenada por una vida de amor con una sonrisa con un vago destello que es en los ojos el recuerdo de las lágrimas del placer. Pasan en vigilia opulentas de mieses de amor, ligeras manos tejiendo fantasías multicolores, vagan, polvo luminoso que posa en el enigma de los espejos. La portera mira la puerta de plata. Afuera es la noche enmelenada de mudos cantes, pálido amor de los errantes.

 


LA NOTTE


 

I LA NOTTE

Ricordo una vecchia città, rossa di mura e turrita, arsa su la pianura sterminata nell’Agosto torrido, con il lontano refrigerio di colline verdi e molli sullo sfondo. Archi enormemente vuoti di ponti sul fiume impaludato in magre stagnazioni plumbee: sagome nere di zingari mobili e silenziose sulla riva: tra il barbaglio lontano di un canneto lontane forme ignude di adolescenti e il profilo e la barba giudaica di un vecchio: e a un tratto dal mezzo dell’acqua morta le zingare e un canto, da la palude afona una nenia primordiale monotona e irritante: e del tempo fu sospeso il corso.

***

Inconsciamente io levai gli occhi alla torre barbara che dominava il viale lunghissimo dei platani. Sopra il silenzio fatto intenso essa riviveva il suo mito lontano e selvaggio: mentre per visioni lontane, per sensazioni oscure e violente un altro mito, anch’esso mistico e selvaggio mi ricorreva a tratti alla mente. Laggiù avevano tratto le lunghe vesti mollemente verso lo splendore vago della porta le passeggiatrici, le antiche: la campagna intorpidiva allora nella rete dei canali: fanciulle dalle acconciature agili, dai profili di medaglia, sparivano a tratti sui carrettini dietro gli svolti verdi. Un tocco di campana argentino e dolce di lontananza: la Sera: nella chiesetta solitaria, all’ombra delle modeste navate, io stringevo Lei, dalle carni rosee e dagli accesi occhi fuggitivi: anni ed anni ed anni fondevano nella dolcezza trionfale del ricordo.

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Inconsciamente colui che io ero stato si trovava avviato verso la torre barbara, la mitica custode dei sogni dell’adolescenza. Saliva al silenzio delle straducole antichissime lungo le mura di chiese e di conventi: non si udiva il rumore dei suoi passi. Una piazzetta deserta, casupole schiacciate, finestre mute: a lato in un balenìo enorme la torre, otticuspide rossa impenetrabile arida. Una fontana del cinquecento taceva inaridita, la lapide spezzata nel mezzo del suo commento latino. Si svolgeva una strada acciottolata e deserta verso la città.

***

Fu scosso da una porta che si spalancò. Dei vecchi, delle forme oblique ossute e mute, si accalcavano spingendosi coi gomiti perforanti, terribili nella gran luce. Davanti alla faccia barbuta di un frate che sporgeva dal vano di una porta sostavano in un inchino trepidante servile, strisciavano via mormorando, rialzandosi poco a poco, trascinando uno ad uno le loro ombre lungo i muri rossastri e scalcinati, tutti simili ad ombra. Una donna dal passo dondolante e dal riso incosciente si univa e chiudeva il corteo.

***

Strisciavano le loro ombre lungo i muri rossastri e scalcinati: egli seguiva, automa. Diresse alla donna una parola che cadde nel silenzio del meriggio: un vecchio si voltò a guardarlo con uno sguardo assurdo lucente e vuoto. E la donna sorrideva sempre di un sorriso molle nell’aridità meridiana, ebete e sola nella luce catastrofica.

***

Non seppi mai come, costeggiando torpidi canali, rividi la mia ombra che mi derideva nel fondo. Mi accompagnò per strade male odoranti dove le femmine cantavano nella caldura. Ai confini della campagna una porta incisa di colpi, guardata da una giovine femmina in veste rosa, pallida e grassa, la attrasse: entrai. Una antica e opulente matrona, dal profilo di montone, coi neri capelli agilmente attorti sulla testa sculturale barbaramente decorata dall’occhio liquido come da una gemma nera dagli sfaccettamenti bizzarri sedeva, agitata da grazie infantili che rinascevano colla speranza traendo essa da un mazzo di carte lunghe e untuose strane teorie di regine languenti re fanti armi e cavalieri. Salutai e una voce conventuale, profonda e melodrammatica mi rispose insieme ad un grazioso sorriso aggrinzito. Distinsi nell’ombra l’ancella che dormiva colla bocca semiaperta, rantolante di un sonno pesante, seminudo il bel corpo agile e ambrato. Sedetti piano.

***

La lunga teoria dei suoi amori sfilava monotona ai miei orecchi. Antichi ritratti di famiglia erano sparsi sul tavolo untuoso. L’agile forma di donna dalla pelle ambrata stesa sul letto ascoltava curiosamente, poggiata sui gomiti come una Sfinge: fuori gli orti verdissimi tra i muri rosseggianti: noi soli tre vivi nel silenzio meridiano.

***

Era intanto calato il tramonto ed avvolgeva del suo oro il luogo commosso dai ricordi e pareva consacrarlo. La voce della Ruffiana si era fatta man mano più dolce, e la sua testa di sacerdotessa orientale compiaceva a pose languenti. La magia della sera, languida amica del criminale, era galeotta delle nostre anime oscure e i suoi fastigi sembravano promettere un regno misterioso. E la sacerdotessa dei piaceri sterili, l’ancella ingenua ed avida e il poeta si guardavano, anime infeconde inconsciamente cercanti il problema della loro vita. Ma la sera scendeva messaggio d’oro dei brividi freschi della notte.

***

Venne la notte e fu compita la conquista dell’ancella. Il suo corpo ambrato la sua bocca vorace i suoi ispidi neri capelli a tratti la rivelazione dei suoi occhi atterriti di voluttà intricarono una fantastica vicenda. Mentre più dolce, già presso a spegnersi ancora regnava nella lontananza il ricordo di Lei, la matrona suadente, la regina ancora ne la sua linea classica tra le sue grandi sorelle del ricordo: poi che Michelangiolo aveva ripiegato sulle sue ginocchia stanche di cammino colei che piega, che piega e non posa, regina barbara sotto il peso di tutto il sogno umano, e lo sbattere delle pose arcane e violente delle barbare travolte regine antiche aveva udito Dante spegnersi nel grido di Francesca là sulle rive dei fiumi che stanchi di guerra mettono foce, nel mentre sulle loro rive si ricrea la pena eterna dell’amore. E l’ancella, l’ingenua Maddalena dai capelli ispidi e dagli occhi brillanti chiedeva in sussulti dal suo corpo sterile e dorato, crudo e selvaggio, dolcemente chiuso nell’umiltà del suo mistero. La lunga notte piena degli inganni delle varie immagini.

***

Si affacciavano ai cancelli d’argento delle prime avventure le antiche immagini, addolcite da una vita d’amore, a proteggermi ancora col loro sorriso di una misteriosa incantevole tenerezza. Si aprivano le chiuse aule dove la luce affonda uguale dentro gli specchi all’infinito, apparendo le immagini avventurose delle cortigiane nella luce degli specchi impallidite nella loro attitudine di sfingi: e ancora tutto quello che era arido e dolce, sfiorite le rose della giovinezza, tornava a rivivere sul panorama scheletrico del mondo.

***

Nell’odore piroso della sera di fiera, nell’aria gli ultimi clangori, vedevo le antichissime fanciulle della prima illusione profilarsi attraverso i ponti gettati dalla città al sobborgo nelle serate dell’estate torrida: volte di tre quarti, udendo dal sobborgo il clangore che si accentua annunciando le lingue di fuoco delle lampade inquiete a trivellare l’atmosfera carica di luci orgiastiche: ora addolcite, nel già morto cielo dolci e rosate, alleggerite di un velo: così come Santa Marta, spezzati a terra gli strumenti, cessato già sui sempre verdi paesaggi il canto che il cuore di Santa Cecilia accorda col cielo latino, dolce e rosata presso il crepuscolo antico nella linea eroica della grande figura femminile romana. Ricordi di zingare, ricordi di amori lontani, ricordi di suoni e di luci: stanchezze d’amore, stanchezze improvvise sul letto di una taverna lontana, altra culla avventurosa di incertezza e di rimpianto: così quello che ancora era arido e dolce, sfiorate le rose della giovinezza, sorgeva sul panorama scheletrico del mondo.

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Ne la sera dei fuochi de la festa d’estate, ne la luce deliziosa e bianca, quando i nostri orecchi riposavano appena nel silenzio e i nostri occhi erano stanchi de le girandole di fuoco, de le stelle multicolori che avevano lasciato un odore pirico, una vaga gravezza rossa nell’aria, e il camminare accanto ci aveva illanguiditi esaltandoci di una nostra troppo diversa bellezza, lei fine e bruna, pura negli occhi e nel viso, perduto il barbaglio della collana dal collo ignudo, camminava ora a tratti inesperta stringendo il ventaglio. Fu attratta verso la baracca: la sua vestaglia bianca a fini strappi azzurri ondeggiò nella luce diffusa, ed io seguii il suo pallore segnato sulla sua fronte dalla frangia notturna dei suoi capelli. Entrammo. Dei visi bruni di autocrati, rasserenati dalla fanciullezza e dalla festa, si volsero verso di noi, profondamente limpidi nella luce. E guardammo le vedute. Tutto era di un’irrealtà spettrale. C’erano dei panorami scheletrici di città. Dei morti bizzarri guardavano il cielo in pose legnose. Una odalisca di gomma respirava sommessamente e volgeva attorno gli occhi d’idolo. E l’odore acuto della segatura che felpava i passi e il sussurrio delle signorine del paese attonite di quel mistero. «È così Parigi? Ecco Londra. La battaglia di Mukden». Noi guardavamo intorno: doveva essere tardi. Tutte quelle cose viste per gli occhi magnetici delle lenti in quella luce di sogno! Immobile presso a me io la sentivo divenire lontana e straniera mentre il suo fascino si approfondiva sotto la frangia notturna dei suoi capelli. Si mosse. Ed io sentii con una punta d’amarezza tosto consolata che mai più le sarei stato vicino. La seguii dunque come si segue un sogno che si ama vano: così eravamo divenuti a un tratto lontani e stranieri dopo lo strepito della festa, davanti al panorama scheletrico del mondo.

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Ero sotto l’ombra dei portici stillata di gocce e gocce di luce sanguigna ne la nebbia di una notte di dicembre. A un tratto una porta si era aperta in uno sfarzo di luce. In fondo avanti posava nello sfarzo di un’ottomana rossa il gomito reggendo la testa, poggiava il gomito reggendo la testa una matrona, gli occhi bruni vivaci, le mammelle enormi: accanto una fanciulla inginocchiata, ambrata e fine, i capelli recisi sulla fronte, con grazia giovanile, le gambe lisce e ignude dalla vestaglia smagliante: e sopra di lei, sulla matrona pensierosa negli occhi giovani una tenda, una tenda bianca di trina, una tenda che sembrava agitare delle immagini, delle immagini sopra di lei, delle immagini candide sopra di lei pensierosa negli occhi giovani. Sbattuto a la luce dall’ombra dei portici stillata di gocce e gocce di luce sanguigna io fissavo astretto attonito la grazia simbolica e avventurosa di quella scena. Già era tardi, fummo soli e tra noi nacque una intimità libera e la matrona dagli occhi giovani poggiata per sfondo la mobile tenda di trina parlò. La sua vita era un lungo peccato: la lussuria. La lussuria ma tutta piena ancora per lei di curiosità irraggiungibili. «La femmina lo picchiettava tanto di baci da destra: da destra perchè? Poi il piccione maschio restava sopra, immobile? dieci minuti, perchè?» Le domande restavano ancora senza risposta, allora lei spinta dalla nostalgia ricordava ricordava a lungo il passato. Fin che la conversazione si era illanguidita, la voce era taciuta intorno, il mistero della voluttà aveva rivestito colei che lo rievocava. Sconvolto, le lagrime agli occhi io in faccia alla tenda di trina seguivo seguivo ancora delle fantasie bianche. La voce era taciuta intorno. La ruffiana era sparita. La voce era taciuta. Certo l’avevo sentita passare con uno sfioramento silenzioso struggente. Avanti alla tenda gualcita di trina la fanciulla posava ancora sulle ginocchia ambrate, piegate piegate con grazia di cinedo.

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Faust era giovane e bello, aveva i capelli ricciuti. Le bolognesi somigliavano allora a medaglie siracusane e il taglio dei loro occhi era tanto perfetto che amavano sembrare immobili a contrastare armoniosamente coi lunghi riccioli bruni. Era facile incontrarle la sera per le vie cupe (la luna illuminava allora le strade) e Faust alzava gli occhi ai comignoli delle case che nella luce della luna sembravano punti interrogativi e restava pensieroso allo strisciare dei loro passi che si attenuavano. Dalla vecchia taverna a volte che raccoglieva gli scolari gli piaceva udire tra i calmi conversari dell’inverno bolognese, frigido e nebuloso come il suo e lo schioccare dei ciocchi e i guizzi della fiamma sull’ocra delle volte i passi frettolosi sotto gli archi prossimi. Amava allora raccogliersi in un canto mentre la giovine ostessa, rosso il guarnello e le belle gote sotto la pettinatura fumosa passava e ripassava davanti a lui. Faust era giovane e bello. In un giorno come quello, dalla saletta tappezzata, tra i ritornelli degli organi automatici e una decorazione floreale, dalla saletta udivo la folla scorrere e i rumori cupi dell’inverno. Oh! ricordo! ero giovine, la mano non mai quieta poggiata a sostenere il viso indeciso, gentile di ansia e di stanchezza. Prestavo allora il mio enigma alle sartine levigate e flessuose, consacrate dalla mia ansia del supremo amore, dall’ansia della mia fanciullezza tormentosa assetata. Tutto era mistero per la mia fede, la mia vita era tutta «un’ansia del segreto delle stelle, tutta un chinarsi sull’abisso». Ero bello di tormento, inquieto pallido assetato errante dietro le larve del mistero. Poi fuggii. Mi persi per il tumulto delle città colossali, vidi le bianche cattedrali levarsi congerie enorme di fede e di sogno colle mille punte nel cielo, vidi le Alpi levarsi ancora come più grandi cattedrali, e piene delle grandi ombre verdi degli abeti, e piene della melodia dei torrenti di cui udivo il canto nascente dall’infinito del sogno. Lassù tra gli abeti fumosi nella nebbia, tra i mille e mille ticchettìi le mille voci del silenzio svelata una giovine luce tra i tronchi, per sentieri di chiarìe salivo: salivo alle Alpi, sullo sfondo bianco delicato mistero. Laghi, lassù tra gli scogli chiare gore vegliate dal sorriso del sogno, le chiare gore i laghi estatici dell’oblio che tu Leonardo fingevi. Il torrente mi raccontava oscuramente la storia. Io fisso tra le lance immobili degli abeti credendo a tratti vagare una nuova melodia selvaggia e pure triste forse fissavo le nubi che sembravano attardarsi curiose un istante su quel paesaggio profondo e spiarlo e svanire dietro le lance immobili degli abeti. E povero, ignudo, felice di essere povero ignudo, di riflettere un istante il paesaggio quale un ricordo incantevole ed orrido in fondo al mio cuore salivo: e giunsi giunsi là fino dove le nevi delle Alpi mi sbarravano il cammino. Una fanciulla nel torrente lavava, lavava e cantava nelle nevi delle bianche Alpi. Si volse, mi accolse, nella notte mi amò. E ancora sullo sfondo le Alpi il bianco delicato mistero, nel mio ricordo s’accese la purità della lampada stellare, brillò la luce della sera d’amore.

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Ma quale incubo gravava ancora su tutta la mia giovinezza? O i baci i baci vani della fanciulla che lavava, lavava e cantava nella neve delle bianche Alpi! (le lagrime salirono ai miei occhi al ricordo). Riudivo il torrente ancora lontano: crosciava bagnando antiche città desolate, lunghe vie silenziose, deserte come dopo un saccheggio. Un calore dorato nell’ombra della stanza presente, una chioma profusa, un corpo rantolante procubo nella notte mistica dell’antico animale umano. Dormiva l’ancella dimentica nei suoi sogni oscuri: come un’icona bizantina, come un mito arabesco imbiancava in fondo il pallore incerto della tenda.

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E allora figurazioni di un’antichissima libera vita, di enormi miti solari, di stragi di orge si crearono avanti al mio spirito. Rividi un’antica immagine, una forma scheletrica vivente per la forza misteriosa di un mito barbaro, gli occhi gorghi cangianti vividi di linfe oscure, nella tortura del sogno scoprire il corpo vulcanizzato, due chiazze due fori di palle di moschetto sulle sue mammelle estinte. Credetti di udire fremere le chitarre là nella capanna d’assi e di zingo sui terreni vaghi della città, mentre una candela schiariva il terreno nudo. In faccia a me una matrona selvaggia mi fissava senza batter ciglio. La luce era scarsa sul terreno nudo nel fremere delle chitarre. A lato sul tesoro fiorente di una fanciulla in sogno la vecchia stava ora aggrappata come un ragno mentre pareva sussurrare all’orecchio parole che non udivo, dolci come il vento senza parole della Pampa che sommerge. La matrona selvaggia mi aveva preso: il mio sangue tiepido era certo bevuto dalla terra: ora la luce era più scarsa sul terreno nudo nell’alito metallizzato delle chitarre. A un tratto la fanciulla liberata esalò la sua giovinezza, languida nella sua grazia selvaggia, gli occhi dolci e acuti come un gorgo. Sulle spalle della bella selvaggia si illanguidì la grazia all’ombra dei capelli fluidi e la chioma augusta dell’albero della vita si tramò nella sosta sul terreno nudo invitando le chitarre il lontano sonno. Dalla Pampa si udì chiaramente un balzare uno scalpitare di cavalli selvaggi, il vento si udì chiaramente levarsi, lo scalpitare parve perdersi sordo nell’infinito. Nel quadro della porta aperta le stelle brillarono rosse e calde nella lontananza: l’ombra delle selvagge nell’ombra.

 

II IL VIAGGIO E IL RITORNO

Salivano voci e voci e canti di fanciulli e di lussuria per i ritorti vichi dentro dell’ombra ardente, al colle al colle. A l’ombra dei lampioni verdi le bianche colossali prostitute sognavano sogni vaghi nella luce bizzarra al vento. Il mare nel vento mesceva il suo sale che il vento mesceva e levava nell’odor lussurioso dei vichi, e la bianca notte mediterranea scherzava colle enormi forme delle femmine tra i tentativi bizzarri della fiamma di svellersi dal cavo dei lampioni. Esse guardavano la fiamma e cantavano canzoni di cuori in catene. Tutti i preludii erano taciuti oramai. La notte, la gioia più quieta della notte era calata. Le porte moresche si caricavano e si attorcevano di mostruosi portenti neri nel mentre sullo sfondo il cupo azzurro si insenava di stelle. Solitaria troneggiava ora la notte accesa in tutto il suo brulicame di stelle e di fiamme. Avanti come una mostruosa ferita profondava una via. Ai lati dell’angolo delle porte, bianche cariatidi di un cielo artificiale sognavano il viso poggiato alla palma. Ella aveva la pura linea imperiale del profilo e del collo vestita di splendore opalino. Con rapido gesto di giovinezza imperiale traeva la veste leggera sulle sue spalle alle mosse e la sua finestra scintillava in attesa finchè dolcemente gli scuri si chiudessero su di una duplice ombra. Ed il mio cuore era affamato di sogno, per lei, per l’evanescente come l’amore evanescente, la donatrice d’amore dei porti, la cariatide dei cieli di ventura. Sui suoi divini ginocchi, sulla sua forma pallida come un sogno uscito dagli innumerevoli sogni dell’ombra, tra le innumerevoli luci fallaci, l’antica amica, l’eterna Chimera teneva fra le mani rosse il mio antico cuore.

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Ritorno. Nella stanza ove le schiuse sue forme dai velarii della luce io cinsi, un alito tardato: e nel crepuscolo la mia pristina lampada instella il mio cuor vago di ricordi ancora. Volti, volti cui risero gli occhi a fior del sogno, voi giovani aurighe per le vie leggere del sogno che inghirlandai di fervore: o fragili rime, o ghirlande d’amori notturni…. Dal giardino una canzone si rompe in catena fievole di singhiozzi: la vena è aperta: arido rosso e dolce è il panorama scheletrico del mondo.

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O il tuo corpo! il tuo profumo mi velava gli occhi: io non vedevo il tuo corpo (un dolce e acuto profumo): là nel grande specchio ignudo, nel grande specchio ignudo velato dai fumi di viola, in alto baciato di una stella di luce era il bello, il bello e dolce dono di un dio: e le timide mammelle erano gonfie di luce, e le stelle erano assenti, e non un Dio era nella sera d’amore di viola: ma tu leggera tu sulle mie ginocchia sedevi, cariatide notturna di un incantevole cielo. Il tuo corpo un aereo dono sulle mie ginocchia, e le stelle assenti, e non un Dio nella sera d’amore di viola: ma tu nella sera d’amore di viola: ma tu chinati gli occhi di viola, tu ad un ignoto cielo notturno che avevi rapito una melodia di carezze. Ricordo cara: lievi come l’ali di una colomba tu le tue membra posasti sulle mie nobili membra. Alitarono felici, respirarono la loro bellezza, alitarono a una più chiara luce le mie membra nella tua docile nuvola dai divini riflessi. O non accenderle! non accenderle! Non accenderle: tutto è vano vano è il sogno: tutto è vano tutto è sogno: Amore, primavera del sogno sei sola sei sola che appari nel velo dei fumi di viola. Come una nuvola bianca, come una nuvola bianca presso al mio cuore, o resta o resta o resta! Non attristarti o Sole! Aprimmo la finestra al cielo notturno. Gli uomini come spettri vaganti: vagavano come gli spettri: e la città (le vie le chiese le piazze) si componeva in un sogno cadenzato, come per una melodia invisibile scaturita da quel vagare. Non era dunque il mondo abitato da dolci spettri e nella notte non era il sogno ridesto nelle potenze sue tutte trionfale? Qual ponte, muti chiedemmo, qual ponte abbiamo noi gettato sull’infinito, che tutto ci appare ombra di eternità? A quale sogno levammo la nostalgia della nostra bellezza? La luna sorgeva nella sua vecchia vestaglia dietro la chiesa bizantina.

 

III FIN

Nel tepore della luce rossa, dentro le chiuse aule dove la luce affonda uguale dentro gli specchi all’infinito fioriscono sfioriscono bianchezze di trine. La portiera nello sfarzo smesso di un giustacuore verde, le rughe del volto più dolci, gli occhi che nel chiarore velano il nero guarda la porta d’argento. Dell’amore si sente il fascino indefinito. Governa una donna matura addolcita da una vita d’amore con un sorriso con un vago bagliore che è negli occhi il ricordo delle lacrime della voluttà. Passano nella veglia opime di messi d’amore, leggere spole tessenti fantasie multicolori, errano, polvere luminosa che posa nell’enigma degli specchi. La portiera guarda la porta d’argento. Fuori è la notte chiomata di muti canti, pallido amor degli erranti

Espacio Narrativo

pateando entre escombros, paredes levantadas a medias, escaleras que acaban en la nada, los suelos llenos de trozos de sueños, historias sin acabar, versos que buscan poemas, y personajes que piden a - Presentación -

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