Primer plano de una Pupila dilatada para una noche de MDMA en Berlín
Mi Pupila dilatada ( Grendelkhan )

Una noche de MDMA en Berlín

Él me muestra como hacerlo. Un sabor amargacido es todo lo que siento. ¿Cómo será? Salimos del servicio. La cerveza se ha acabado. Lleno el botellín de agua. Es lo único que beberé en toda la noche: quiero guardar las sensaciones en toda su pureza. Es la primera vez que tomo MDMA.

Son las 02:00, temprano todavía, la gente está llegando. El club es una vieja mansión, un laberinto de habitaciones y pasillos sobre tres plantas que se desmaraña alrededor de un gran corral en ruina. Las habitaciones se deslizan una dentro de la otra tejiendo una confusión soñadora. Parecen moverse, rotar, cambiar de ángulo o inclinación, componiendo espacios sin cesar. Luces, coloreadas y suaves, crean una atmosfera acogedora, un poco atontada, lenta, no iluminan nada, están allí para colorear la noche. Hay una notable abundancia de puertas y espejos. El papel de pared es muy extravagante. Por todas partes un disparate de objetos, como caídos de la chistera de un mago, inunda muros, suelos, techos. Perdonadme lo corriente, pero es lo más cerca de una casa de cuentos de hadas que haya visto.

Todavía no siento nada, pero sé que está fluyendo en mis venas, trabajando con perfecta lentitud. La MDMA es una maestra sabia… Parece. Dentro de este laberinto de habitaciones hay varias barras de bar y tres salas con DJ pinchando. Voy de una sala a otra degustando la música a pequeños sorbitos: es el comienzo, el momento lento y delicado cuando el DJ tiene que tender un puente hacia los bailarines y aprender a llevarnos…

La droga comienza a despertarse, pero nada es súbito, sino un perfecto y lento, lento “crescendo”. Comienza desde la punta de los dedos y desborda, lenta, por todo el cuerpo. Me siento relajado, a gusto, confidente. Me arropa una profunda, dulce sensación de paz. Sonrio, todo es como tiene que ser, no hay una luz, objeto, sonido o persona que no sienta en armonía; ningún pensamiento me arrastra fuera de ahora, hay solo presente: la droga está construyendo momentos de perfección absoluta, fui yo a elegirlo, alterando conscientemente la química de mi cuerpo: drogarse es una forma de moldar el alma al deseo.

La MDMA se despereza, se levanta, comienza a moverse, a tomar espacio dentro de mi cuerpo, a explorar los recodos de la piel, que bajo los efectos de la droga abre sus ojos a una percepción nueva y transmite al cuerpo sensaciones antes desconocidas. La MDMA fluye en mis venas como una luz líquida, ilumina mis células, mi ser desde dentro, desde lo hondo, lo puro de la carne.

Sonrío, por un largo largo momento, así. Sonrío: despacio, perfectamente despacio el MDMA crece, crece, se enmaraña a mi espíritu, su flor brota y de repente llega el golpe: cierro los ojos, abro los brazos y camino entre la gente. Por favor, por favor tócame, acaríciame, dibuja mi piel, soy tu lienzo, soy una criatura blanca que quiere tomar forma y color entre tus manos. Estoy contigo, con todos vosotros, dulces desconocidos, amigos sin nombres, ligeros como plumas. No es nada sexual. Es el deseo inocente de ser tocado, de sentir, de llenarse del otro, de conectarse, de perder mi individualidad en la muchedumbre, como una vuelta al mundo animal, a la manada, o más atrás, a célula con célula, quiero fundir mi carne con otros cuerpos, hacerme uno con todo vosotros.

No resisto, no quiero resistir: la MDMA ha tomado el control. No aturde la mente, la hace más suave. La Música está aquí, me llama, me seduce. Respondo a su voz. Me uno a la danza.

El cuerpo calido de los bailarines es un enjambre de mariposas que me acaricia. Bailo, toco, me tocan. Las caras brillan. Las sonrisas son puntos de una misma geometría. El tiempo pasa, pero la fuerza absoluta del presente nos acerca a la ilusión del eterno: el futuro es débil, el pasado se ha caído, yo simplemente soy, soy y siento, la pulsación cardíaca, el latido de la carne viva como el latido de la música.

El espacio se abre, no puedo sentir el suelo: la música es la única realidad. Bailo, bailo, bailo, soy música, soy yo música, ya no me pertenezco, no tengo conciencia ni objetivos, reacciono, puro, a los impulsos de la música. Hay corrientes, corrientes de bailarines, flujos de cuerpos en la mar del baile. Llega gente nueva, pero algunos de ellos no pueden unirse realmente. Puedo sentirlo: ellos son los otros, los fuera del juego, los obstáculos, notas falsas que arruinan esta melodía perfecta. Instintivamente me acerco a los que reconozco como mis símiles, que siento en mi mismo estado. Cierro los ojos y vuelvo a perderme en el movimiento.

Me siento el único ser humano aquí, pero no soy yo, soy la tribu, la tribu que comparte el mismo objetivo, la misma razón, el mismo sentido. Estoy solo y soy todos.

La MDMA ha hecho de la Música la única realidad, es todo Música. Los ojos cerrado, en la mente la hermosa ilusión que la droga ha despertado, veo las notas como copos de nieve cayéndose. El espacio se ha convertido en líquido, acuna mi cuerpo con una vibración tranquila, suave, acogedora. Floto, solo, en un océano de sonidos, ola tras ola, en quietud y silencio, soy una nana, un sueño o eco, una memoria de ti que se aleja, alguien, perdiéndose en la distancia, desvanece, en la bruma… Los otros bailarines son una lenta lluvia de semillas, caen al agua, tocan el fondo y crecen, despacio, algas hechas por notas que se balanceán en corrientes de sonidos, sus voces como cantos de sirenas.

El DJ es un ángel, está aquí, con nosotros, entiende lo que nos pasa, lo que necesitamos, lo que queremos, y nos da lo que buscamos, llevándonos más y más alto. A cada buen cambio de ritmo, o cada vez que construye un perfecto crescendo, la muchedumbre grita como una sola boca, feliz, ligera, fuerte como una marea. Es un orgasmo del movimiento, un grito de danza que lleva a la luz todo lo que yace abajo, en la oscuridad del alma, y nos hace puros, abiertos, ligeros como chiquillos, como animales. Me rio como enamorado: soy parte de todo esto, todo esto donde la emoción no encuentra termino porque se ensancha en el otro: ya no hay límites, el cielo somos nosotros.

Quiero más, quiero tomar más MDMA, quiero arrancarme la conciencia, pero él es más sabio que yo. Se ríe de mis ganas: disfruta lo que sientes ahora, me dice, no te has dado cuenta pero el tiempo ha pasado, volaste alto, ahora tienes que pensar en el aterrizaje.
Me miro alrededor. Hay menos gente, el clímax de la música y de la emoción ha pasado, el DJ ahora está llevándonos de vuelta. Hay que saber cuando pararse, cuando no puedes tener más, cuando seguir sería arruinar la perfección de lo vivido.

El MDMA se va, despacio como vino. Puedo sentir el revés del efecto, irse del cuerpo a la punta de los dedos hasta convertirse en una sensación poco clara, pero dulce, y tranquila.

Salimos del Club. El sol está alto, cálido y brillante, es como una palmadita en la espalda, y yo casi me caigo. Caminamos hacia casa. La mañana es lenta, placentera, como si estuviésemos andando por el campo después de un café en casa de la abuela.
Paramos en una panadería. Hay bastante gente, algunos tienen la noche estampada en la cara, otros. Apoyo la frente en la ventana de la tienda. El frío es un placer. Podría dormir una temporada entera.

 

Desdemenia

Si has llegado aquí es porque te encanta meter la nariz bien a fondo en la vida de los demás, un poco como los perros, quieres oler mis excrementos para asegurarte que no eres el único, o la única, a soltar tanta peste...
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